Arqueología

Humo en las atalayas, ¡vienen piratas!

Primera prospección arqueológica en la red de vigilancia costera de Anaga

Arqueólogos del Instituto Catalán de Arqueología Clásica y la Universidad de La Laguna han realizado en el noreste de Tenerife la primera prospección que se lleva a cabo en Canarias de las atalayas que jalonaron la costa de las islas entre los siglos XVI al XIX. [En PELLAGOFIO nº 106 (2ª época, abril 2022)].

Por YURI MILLARES

Limpieza superficial en la Mesa de la Gallardina en octubre de 2021. | FOTO PROYECTO VIGILANT ICAC-ULL

El proyecto Vigilant, acrónimo de Arqueología de los Espacios de Vigilancia y Atalayas en el Noreste de Tenerife, surgió de forma casual. «Unos compañeros del Laboratorio de Micromorfología y Marcadores Arqueológicos de la ULL subimos en enero de 2021 a la Mesa de la Gallardina, una montaña omnipresente desde donde se domina toda la vega lagunera y alrededores», relata Francesc C. Conesa, investigador del Grupo de Arqueología del Paisaje en el Instituto Catalán de Arqueología Clásica (en Tarragona), actualmente con una estancia académica en la ULL. «Yo ya había visto en imágenes aéreas que en lo alto había una estructura de piedras en alineación circular. Esto en la naturaleza no suele ocurrir, alguien las puso». En efecto, al llegar arriba comprobaron que había un pequeño túmulo de piedras.

Arqueólogo especializado en el estudio de imágenes de satélite con teledetección, ver aquella estructura con tanta claridad le «picó la curiosidad», en sus propias palabras. Lo único que le salió en las búsquedas de Google fueron “unos mapas de Miguel Pérez Carballo, investigador de la toponimia y los caminos de la isla, que cerca de La Gallardina señalaba “atalaya de piratas”. Y aquí me fasciné, porque me gustan las historias de piratas».

Contaban con numerosos estudios sobre la existencia de la red de atalayas en Tenerife desde el punto de vista histórico, pero sin inventariar como patrimonio arqueológico

Ese fue el comienzo del proyecto financiado por la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias en el que, como codirector, también ha estado Jared Carballo Pérez (ULL), junto a un equipo de colaboradores de las universidades de La Laguna, Barcelona y Sevilla. Los resultados preliminares en esta fase inicial de prospección han permitido identificar once estaciones de aviso o atalayas en el noreste de Tenerife.

Tirando del hilo
Para comenzar a tirar del hilo, contaban con numerosos estudios sobre la existencia de la red de atalayas en Tenerife desde el punto de vista histórico, pero sin inventariar como patrimonio arqueológico. Fue así como el año 2021 lo dedicaron, en una primera fase, a unir el trabajo arqueológico de localización y prospección, con la búsqueda y transcripción de las fuentes escritas, centrando la búsqueda en la península de Anaga, una red que intercomunicaba las atalayas unas con otras, para dar aviso a las autoridades en La Laguna. «Lo bueno de trabajar en arqueología histórica, en un sistema colonial como el de Canarias, es que lo registraban todo. En las Actas del Cabildo tienes qué reuniones se hacen día por día y cómo nombran a los atalayeros y qué les pagaban», explica.

Los primeros años de creación de atalayas están normalmente cerca de los muelles o las calas de desembarco, luego se dan cuenta de que necesitan atalayeros en sitios más altos para controlar el mar

La existencia de atalayas de vigilancia se extendió en el tiempo durante 400 años. «La primera noticia data de 1513, aunque no hablan de atalayeros, sino de vigías o guardas. Y también aparece otro concepto, los guardas de salud, que responden más a una especie de policía portuaria para controlar que no lleguen a los puertos barcos con enfermedades». De hecho, esos primeros años de creación de atalayas coinciden más con el puesto de guarda de salud, normalmente cerca de los muelles o las calas de desembarco. «Luego se dan cuenta de que necesitan atalayeros en sitios más altos para controlar el mar», y es que los navíos no sólo podían traer enfermedades a bordo, también piratas, o ser de bandera de países en guerra con España.

La Atalaya Vieja de Igueste a vista de dron. | FOTO PALOMA ALIENDE (GIAP-ICAC)

Las atalayas, por otra parte, se activan y desactivan a lo largo del tiempo, ya que no hay suficientes recursos para pagar a los atalayeros, concentrando la vigilancia en la época de las calmas en verano, o si España está en guerra, por ejemplo. «Su presencia no es sistemática en el tiempo, pero sí es estable», destaca Conesa.

Vecinos de confianza y marinos
Al principio eran vecinos de confianza, normalmente antiguos marinos porque deben reconocer los barcos a distancia. También es un oficio que pasa de padres a hijos: como reveló el dinamizador de Anaga Ruymán Izquierdo, en la documentación del siglo XVIII aparecen bastantes nombres de personas relacionadas con las atalayas que residen en las cercanías. Así, vecinos de caseríos como Chamorga o Las Palmas de Anaga estarían en la atalaya de Tafada, mientras que vecinos del Roque de las Bodegas, en la atalaya del Sabinal.

«…Tiene en la punta de Naga tres centinelas ordinarias las quales están en tal sitio y altura que por pequeño sea vn navío lo descubre 10 y 12 leguas a la mar y tantos quantos descubre y vee tantos fuegos o humos haze los quales vee luego la fortaleza» (Descripción de las Islas Canarias hecha en virtud de mandato de S.M. por un tío del Licenciado Valcárcel, en 1580).

Son una constante las quejas de atalayeros porque no se les pagaba. «Si lo piensas, es muy fuerte que la primera línea de defensa de la isla, porque es la que da el aviso, siempre estuvo mal pagada» FRANCESC C. CONESA

Orden de disolución del Cuerpo de Torreros y Vigías de 1867, por la que se pide al atalayero de Igueste que deje su posición y entregue todos sus utensilios y enseres al Cuerpo de Ingenieros de Santa Cruz. | FOTO PROYECTO VIGILANT ICAC-ULL

En el siglo XIX, sin embargo, ya existe el Cuerpo de Atalayeros y Torreros del Estado, que se disuelve en 1867, cuando las atalayas de vigilancia van siendo sustituidas por la red de faros, el telégrafo y los semáforos.

Otra constante son las quejas de atalayeros a los que no se pagaba, de las que hay documentos escritos que proporcionan mucha información: nombre de la atalaya, ubicación, nombre del atalayero, el tipo de sueldo (que solía ser en especie, sobre todo en fanegas de trigo). «Si lo piensas, es muy fuerte que la primera línea de defensa de la isla, porque es la que da el aviso, siempre estuvo mal pagada. Estaban día y noche apostados, sobre todo los meses de verano. Los siglos XVI a principios del XVIII subsisten porque la mayoría de ellos también son cabreros o agricultores y cuando estaban arriba se ocupaban de sus labores del campo». Por eso, quizá, muchas atalayas no se encuentran en los picachos más recónditos, sino cerca de mesas con bancales hoy en día abandonados.

«Por la relación entre la toponimia del incienso y las atalayas, la hipótesis es que quemaban este arbusto por su humo más denso, blanco y visible» FRANCESC C. CONESA

Humareda densa y blanca
En cuanto a los fuegos para dar aviso (humaredas durante el día, hogueras por la noche), Francesc C. Conesa cree que «hay una relación espacial muy directa con la toponimia referida al incienso y a las atalayas. La hipótesis que tenemos es que quemaban este arbusto porque da una humareda mucho más densa y blanca y es mucho más visible. En el siglo XIX ya no hablan tanto de hogueras sino de faros y faroles, con aceite y con velas, porque en la documentación que tenemos los atalayeros se quejan de que les faltan velas y paños».

Estación de señalizaciones ópticas en el desaparecido castillo de San Cristóbal (Santa Cruz de Tenerife) en una fotografía de 1897. Durante la celebración del Centenario de la Gesta se reprodujo el código de señales que, según las fuentes, estuvo activo entre la atalaya de Igueste y Santa Cruz durante el enfrentamiento de 1797 con la flota de Nelson. | FOTO JOAQUÍN MARTÍ (ARCHIVO DE FOTOGRAFÍA HISTÓRICA DE CANARIAS-FEDAC)

Tras el ataque de Nelson, señales de banderas

Normalmente la distancia entre atalayas es de 4 a 5 km. «Es lo que permite el ojo humano, para ver con precisión hogueras o humaredas. En el caso de Igueste con Santa Cruz son 12 km, suficiente para ver una hoguera de noche o una humareda, pero en algún momento del XVIII creemos que se crea también la atalaya de San Andrés (en la montaña encima del castillo), donde hay una pequeña estructura circular de piedras, creemos que para un palo de avisos de bandera que hacía de intermediario entre Igueste y el castillo de San Cristóbal, en Santa Cruz».

Eso es debido a que hay una mejora tecnológica a finales del XVIII que se mantendrá durante el XIX. Se suprimen las humaredas y se emplean por primera vez señales de banderas, predecesoras de la telegrafía óptica. «Las humaredas no te permitían transmitir información muy detallada: si ves humo pasa algo, pero las banderas permiten hablar en código, informar de cuántos barcos llegan, por dónde… Ponen palos de banderas como semáforos para avisar durante el día y observar con anteojos pasando la señal por banderas, y por la noche aún se utilizan fuegos». En esta línea, los estudios de Daniel García Pulido sobre el ataque de Nelson sugieren que ya durante ese episodio las atalayas actuaron bajo un nuevo código diurno.

Botón de hueso aparecido a nivel superficial dentro de la estructura de la Atalaya Vieja de Igueste (Igueste fue refugio de balleneros que pasaban ahí un tiempo e intercambiaban con los vecinos productos locales por objetos hechos de hueso de ballena). | FOTO PROYECTO VIGILANT ICAC-ULL

Precisamente, la más longeva de las atalayas es la de Igueste, casi 500 años ininterrumpidos. Tras la supresión de las atalayas, fue utilizada por la casa Hamilton & Co. como aviso de la llegada de buques con mercancías, de ahí que se conozca también como Atalaya de los Ingleses.

A finales del s. XIX la vigilancia marítima continuó con el Semáforo de Igueste. Actualmente, el colectivo Semáforo de la Atalaya y la asociación de vecinos de esta localidad promueven la protección y divulgación de estos espacios tan significativos.

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