Pueblo llano y ‘gente bien’, presa en nueve metros de cárcel
Arqueología / La huella del pasado… entre grilletes (y II)

EN BUSCA DE LA HUELLA DEL PASADO. Redescubierta tras las dobles paredes y techo de un trastero que antes fue centralita telefónica del Ayuntamiento de La Laguna, los arqueólogos rescatan la historia de la antigua cárcel que funcionó en la ciudad durante cuatro siglos. Más dura para el humilde que para el pudiente, la comida y la manta eran por cuenta del preso, causando la ruina de muchos. [En PELLAGOFIO nº133 (2ª época, octubre 2024)].
Por YURI MILLARES
La olvidada cárcel que tuvo La Laguna entre los siglos XVI al XX y permaneció oculta de la vista desde hace medio siglo, no sólo muestra ahora sus rescatadas paredes con grafitis y su cubierta abovedada. Los arqueólogo Sergio Pou y Enrique Javier Fernández (Serventía Gestión Patrimonial) también han indagado en los archivos para conocer su historia, su funcionamiento, sus carceleros y sus usuarios.
Como decíamos en la primera parte del artículo, tras su fundación en 1498, La Laguna se dotó de los elementos del poder civil propios de una urbe en ciernes: una audiencia para que se ejerciera la justicia, un cabildo (como se llamaba entonces a los ayuntamientos en Canarias) y, claro, una cárcel que primero estuvo en un edificio alquilado que se quemó y, después, en uno propio construido en 1525 en ladrillo y madera que es hoy el edificio en pie más antiguo de la ciudad.

El castigo, en la plaza
Ubicada en un patio del propio ayuntamiento, la cárcel tenía a sus huéspedes alojados hasta que se les aplicara el castigo, en público, donde está ahora la plaza del Adelantado. «En aquella época se llamaba plaza de San Miguel de los Ángeles, o plaza de la Picota —detalla— porque ahí estaba la picota: un poste de madera (que luego se cambió a una columna de piedra) donde se esposaba al reo y se la hacía todo tipo de castigos como escarnio público».
Como cabe imaginar, la cárcel funcionaba con un alcaide o carcelero pagado por la ciudad. «Cada vez que cambiaba, dependiendo de los regidores que lo nombraban, se hacía un inventario de los materiales que tenía la cárcel, así que descubrimos otra cosa: había instrumentos de tortura».

Página de uno de los inventarios de la cárcel de La Laguna en el s. XVIII, con la cadena gorda, cinco pares de grillos, vna cadena pequeña, el cepo, la escalera del tormento, el jarro de alambre del tormento, más vnos cordeles de tormento, tres pierde amigos con sus candados y llaves, vn candado de la cadena pequeña o un martillo. | FOTO SERVENTÍA GESTIÓN PATRIMONIAL
Para ejecutar los castigos había otra persona contratada: el verdugo. En el ambiente de provisionalidad de la ciudad de los primeros tiempos «no había verdugo, pero alguien debía aplicar los castigos que dictaminaba el juez», precisa este arqueólogo e historiador. Así que «se obligaba al carnicero a hacer de verdugo. ¿Quién mejor que alguien que conociera los cuerpos, aunque fuera de los animales, para estas tareas de castigo o de cortar manos y cabezas?».
Así era la cosa, aunque después se buscó alguien específico para la labor. «A partir de 1515 lo que se hace es recurrir a la figura del esclavo, al menos los primeros 50 años de funcionamiento de la cárcel». Por la documentación se sabe que en alguna ocasión fue un condenado, al que se conmutó la pena a cambio de que ejerciera de verdugo durante un tiempo. «A este le siguió un esclavo que compró el cabildo para tenerlo mantenido y ejecutara las órdenes del juez tanto en la picota como en la sala de torturas accionando determinados aparatos para hacer sufrir al reo».

Carcelaje y carcelería
La diferenciación social también se manifestaba en las condiciones de alojamiento de los detenidos. O en la posibilidad de librarse mediante pago. Eso estaba reglado, eran la carcelería y el carcelaje. «El carcelaje era una especie de fianza por la que te podías quedar en tu casa hasta que el juez te mandara llamar. La carcelería era un impuesto que pagabas al alcaide por el que éste te daba de comer si le pagabas, te daba una manta si le pagabas y te daba un candil con luz si le pagabas».
Eso producía situaciones terribles como que personas con pocos recursos llegaran a arruinarse. «Existía la figura del pobre de cárcel. En testamentos antiguos (con esto de la caridad se estilaba mucho) se solían leer cosas como “y dono un real a los pobres de la cárcel y a los pobres del hospital”. Pobres de la cárcel que lo estaban pasando mal a la espera de que el juez le dijera el castigo».
Pero había todavía un sitio peor que la cárcel: el calabozo, mencionado también en la documentación antigua localizada en el Archivo Municipal. «Con un cambio de alcaide en 1611 se hizo un inventario donde no sólo se da cuenta de los instrumentos de tortura, las llaves, los candados o las cadenas, sino también de quienes están presos». En la relación de personas en ese inventario se nombra a quien está en la cárcel mediante un listado nombres y, aparte, a quien está en el calabozo en otro listado.
«¿Era un sótano o un cuartucho pegado a la cárcel? Es la gran incógnita», concluye Pou. Imágenes tomadas con georradar indican una posible localización bajo tierra, pero no se ha confirmado aún. Queda a la espera de que se realice la correspondiente micro perforación con un boroscopio.



