Cho Juaá, autor y personaje iconos de la cultura popular canaria
1924-2024 / Centenario de Eduardo Millares Sall

La ciudad de Las Palmas ha estado homenajeando este verano al pintor, caricaturista y humorista Cho Juaá, seudónimo de Eduardo Millares Sall, en el centenario de su nacimiento. Creador de personajes muy populares, su humor y hasta su iconografía han calado tan hondo que el canario lo tiene como identitario. Escriben Franck González (doctor en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona) y Malena Millares (con un poema dedicado a su padre) [En PELLAGOFIO nº132 (2ª época, septiembre 2024)].
Aquella imagen de nosotros
Por FRANCK GONZÁLEZ
Eduardo Millares Sall fue un hombre con muchas aristas. De algunas nos ocupamos en aquella exposición que abrimos en el CICCA en diciembre de 2011 la catedrática de la ULPGC —y mi querida maestra en tantas cosas de la vida— María de los Reyes Hernández Socorro y yo. Allí se trató del pintor, del importante papel de la mujer en su obra, de los ritmos y los ritos de la vida y la muerte insular, de su visión política… También se dejó memoria de su fecundo recorrido a través de lienzos, barajas, libros, cerámicas, viñetas, calendarios y un sinfín de exposiciones que permitieron que su obra se divulgara —y más importante aún— que calara en el imaginario colectivo de este tardío país atlántico.
El mayor logro de Eduardo será, sin duda, la creación (allá por 1958) de dos personajes colectivos que tendrán un eco singular en nuestra cultura: Cho-Juáá y Casildita

—Pos está ¡hip! aquí en el estómago y los vapores en el sentío.
Mención aparte merece su papel jugado en la Agrupación Vanguardista Hispana de Caricaturistas Personales, en la que se integra en 1957, antecedente directo de la actual Asociación Canaria de humoristas gráficos y caricaturistas «Se nos fue el baifo», que tan enorme trabajo anda haciendo desde hace ya unos años con el
Y, cómo no, nos ocupamos en aquella exposición de su trabajo al frente de El Conduto —único suplemento de humor gráfico existente en Canarias bajo la Dictadura—, que se publicará todos los sábados en el Diario de Las Palmas desde el 24 de agosto de 1968 hasta el 24 de mayo de 1980.

Pero para la gran mayoría de nuestros lectores el mayor logro de Eduardo será, sin duda, la creación (allá por 1958) de dos personajes colectivos que tendrán un eco singular en nuestra cultura: Cho-Juáa y Casildita. Ambos iguales ante la desgracia. Ambos algo mayores ya. Bregados en los sinsabores y estrecheces de aquel tiempo de emigración y falta de libertades. Pero ambos dispuestos a afrontar la vida, con unas cebollas y un poco de gofio, de frente. Con alegría.
La creación de un personaje colectivo, algo así como el destilado del alma de un pueblo, es algo que hunde sus raíces en nuestra herencia literaria europea. Y no sólo literaria. En nuestro archipiélago, la representación del hombre del interior de la isla aparece en fecha tan temprana como 1784, en la que Juan de la Cruz Cano y Olmedilla publica su «Serrano de Gran Canaria» en sus libros de estampas Colección de trajes de España. Una España que incluía aún a toda América del Sur y gran parte del Norte. Una España anterior a los procesos de liberación americanos.
Aparece aquí ya un hombre con montera y nagüetas que se apoya sobre un garrote o palo de pastor. Apenas unos años más tarde, personajes como Antonio Pereyra Pacheco o Álvarez Rixo, miembros de las élites que generaban y distribuían la producción cultural en Las Palmas y en La Laguna a comienzos del XIX, incorporarán al campesinado entre sus imágenes. Un campesinado —él y ella— que a menudo aparecen bailando. Una visión placentera de un mundo visto desde los palacetes de los rentistas.

Aparecen aquí el mago con manta, montera —sustituida cada vez más por el cachorro— en unos diálogos que tienen más de paternalismo (hacia su analfabetismo) o de burla (al uso de un habla del que pretenden alejarse) que de distancia social.
La codificación del campesinado y de la reivindicación del habla isleña se produce en el contexto de un proletariado urbano junto a un gran puerto

Es el momento en el que el habla isleña salta a la Alta Cultura: los Hermanos Millares publican en los estertores del Imperio español De la tierra canaria (1894). Poco después, Diego Crosa, desde la revista santacrucera Gente Nueva terminaba de construir el prototipo que se ha mantenido hasta nosotros, con unas prendas y unos aperos ya codificados (fajín, cuchillo canario, garrote…).
Esta imagen de nosotros mismos como magos se incorporará a la escena con gran éxito de público en los sainetes de Saulo Torón Duelo y jolgorio (Escenas De la vida isleña) y La familia de Don Pancho, sus tertulias y el inglés (Escenas de la vida isleña) de 1918 y 1919; al tiempo que Agustín Millares Cubas publicaba el fundamental Léxico de Gran Canaria (1924).
Este fértil territorio —cruce de la codificación del campesinado y de la reivindicación del habla isleña—, en un contexto marcado por la aparición del proletariado urbano en nuestra ciudad con un puerto en pleno crecimiento, no deja de ser significativo. Los vanguardistas de la Segunda República harán destacados aportes en esta parcela, como los breves de Félix Delgado (muerto en 1936) sobre los que Pancho Guerra creará su personaje Pepe Monagas, que aparece en octubre de 1941 en El Noticiero del Lunes de Las Palmas de Gran Canaria.
Recoge Pancho Guerra los cuentos que oye en la calle de una generación, la anterior a la suya (la de sus padres), que había bajado de los campos a la ciudad. Una generación con la que aún comparte habla y, lo que es más importante, valores. Genera así Guerra una perspectiva que se trasladará al gran público a través del conocido actor Pepe Castellano, quien llegará a convertirse en la encarnación del personaje literario.
Si no antes, Guerra y Eduardo Millares tuvieron que conocerse en la clausura de la Primera Exposición de Humoristas Canarias, en el Club PALA de Las Canteras, muestra que cerró con una conferencia del escritor el 8 de diciembre de 1944. Pancho contaba 35 años; Eduardo, 20.
Aún tendrán que pasar tres lustros más antes de que Casildita y Cho-Juaá vieran la luz. Y con ellos la última imagen de un pueblo que comenzaba a andar el sendero de una nueva época de prosperidad y libertad. Para cuando Eduardo cierra los ojos en 1992, una nueva voz, la del isletero Manolo Vieira, ya había llevado a sus personajes populares a la televisión canaria. Y con él, aquella imagen de nosotros mismos se convertía en la memoria de un isleño de tierra adentro asilado en un barrio de trabajadores, junto al muelle de La Luz. Todo un recorrido de la historia de nuestro pueblo. Todo un recorrido por la cultura de nuestro país.
Pasa el tiempo
(A mi padre)
MALENA MILLARES
A quién proteges ahora
con tus brazos de fuego.
Pasa el tiempo, insultante pasa,
y aún te recuerdo:
erguido,
cercando el seto de mi lejana infancia,
compartiendo los juegos, las instantáneas,
protegiéndome el rostro del rudo sol.
Encojo mi alma para que escape un rato,
y tú te acercas.
la caricia trémula, cosquillas en piel.
Antaño, qué alto te vi:
un metro noventa (eso creí).
Armonioso, sereno y a la vez danzarín.
Hoy me buscas y aquí me encuentras,
siembras recuerdos en mi memoria
y no es necesario, no sé olvidarte.
Tú sigues plantado en el mismo centro
de aquel jardín en mi sentida niñez.



