Alfarería de La Atalaya, técnica aborigen y loza popular
Oficios del mundo rural / El legado del mayor alfar que tuvo Gran Canaria

La pervivencia aborigen en Gran Canaria ha tenido en el barrio satauteño de La Atalaya un referente identitario insustituible, por haber sido el principal centro alfarero de la isla, sobre todo a partir del crecimiento que experimentó en el siglo XVIII. En sus cuevas se criaron generaciones de loceras [En PELLAGOFIO nº 146 (2ª época, enero 2026)].
La prohibición de coger leña para los hornos en el Monte Lentiscal provocó una asonada en 1722 con una decena de talayeros procesados

Por YURI MILLARES
Catálogo de piezas tradicionales, al pie del artículo
Indígenas de la propia isla, guanches deportados desde Tenerife, esclavos moriscos y negros y olleros de la Península configuran un mosaico poblacional que se establece, tras la Conquista, en lo que ya era un pequeño asentamiento aborigen en el lugar conocido como La Atalaya. «Es uno de los sitios que podemos vincular con la continuidad de la población aborigen hasta la actualidad», explica Pedro Socorro, cronista oficial de Santa Brígida, que ha estudiado en profundidad la documentación histórica existente sobre este barrio que, lamenta, ha sustituido su singular entramado de casas cueva por un desordenado urbanismo de cemento sin que nadie le haya puesto remedio.
«Los conquistadores cogen los terrenos llanos y a estos pobres les toca los riscos y laderas, las zonas de cueva más aisladas, donde perviven»PEDRO SOCORRO, cronista oficial de Santa Brígida
El reparto de tierras tras la conquista configuró una distribución poblacional en la que conquistadores y colonizadores «cogen las más provechosas, más cerca de las fuentes de agua, terrenos llanos como La Vega y a estos pobres les toca los riscos y laderas, las zonas de cueva más aisladas, donde perviven».
El barranco a los pies de La Atalaya ya era un corredor para el ganado en el que este investigador sitúa al canario Miguel Martín tras la conquista. Un protocolo de 1513 sitúa también en el lugar a un guanche, Bartolomé Benítez, sirviente de Isabel Guerra (fundadora de la ermita de Santa Brígida) y cuyo marido, el conquistador Juan de Sanlúcar, recibió tierras en la zona. Un poco más abajo estaban los Llanos de La Atalaya y la Caldera de La Atalaya, renombrados como Llanos de Bandama y Caldera de Bandama cuando el comerciante flamenco Daniel Van Damme empieza a cultivar viña a partir de 1602.
Olleros antes que loceras
Previamente, la caña de azúcar ya se había convertido en el principal cultivo promovido por los conquistadores, sustentado su economía e, incluso, financiando la culminación de la propia conquista de las Islas. Eso hace que cambie «la configuración de las tallas —una de las más habituales piezas de loza de barro para el transporte y guarda del agua entre la población local—, de hecho vienen muchos olleros peninsulares, sobre todo de Portugal, que hacen vasijas mucho más grandes para dar respuesta a la demanda de esa primera industria que existe en Gran Canaria que es la caña de azúcar», destaca Socorro.
A partir de 1718 es cuando se excava el 80% de las cuevas que dan forma al conjunto del barrio
Cerca de La Atalaya sitúa este cronista la ollería de Andrés Martín en 1518, concretamente en las Cuevas de la Angostura (uno de los principales poblados aborígenes de la época). Aunque será el vocablo locera —portuguesismo utilizado en femenino habitualmente, aunque «en 1744 hay un José en Las Palmas, que le llaman “maestro locero”», documenta Socorro— el que se imponga en el habla popular para designar a quienes se dedican en las Islas a la alfarería.
La Atalaya, poblado que se compone de una amalgama de casas cuevas excavadas en la toba volcánica de una ladera, tenía su núcleo primitivo en el lado del Bajo Risco del actual asentamiento. Pero es a partir de 1718 cuando se excava el 80% de las cuevas que dan forma al conjunto del barrio. Con los mejores terrenos ocupados por las grandes haciendas, el crecimiento de la población talayera favorece la mayor dedicación del lugar a la loza popular de barro que demanda la Isla, gracias a la cercana barrera de La Concepción, con barro de gran calidad.
Ya existía antes de la Conquista
«El gran desarrollo de la industria de la loza canaria de barro se produce a partir del siglo XVIII. Eso no quiere decir que no existiera antes, continúa después de la Conquista en la zona de La Atalaya, utilizando las materias primas y la tecnología de los aborígenes», dice. Los diseños sí han cambiado y tenemos ahora una loza popular de uso doméstico para una población que no tiene acceso fácil a la loza de porcelana que se importa. Eso sí, se introduce una importante mejora tecnológica: los hornos de cámara que sustituyen a las fogaleras.
Los alfares de La Atalaya en Gran Canaria y de Candelaria en Tenerife están considerados «los de mayor importancia en Canarias», estima Socorro
«Cuando tú tienes una actividad en la que todo el pueblo trabaja, se necesita una herramienta mucho más poderosa como fueron los hornos, que fue una innovación fantástica», destaca. De hecho, en ese siglo los alfares de La Atalaya en Gran Canaria y de Candelaria en Tenerife están considerados «los de mayor importancia en Canarias», estima Socorro.
«Ya al final del XIX aparece mucha producción, es el centro más importante de Gran Canaria. Y yo creo que uno de los centros más importantes de toda Canarias», coincide Gustavo Rivero, locero todavía activo en La Atalaya. La importancia de la loza popular doméstica llega al punto de formar parte de algunos testamentos que incluyen «gánigos de loza de La Atalaya», ha podido documentar el cronista. ¡Y ser objeto de visitas de numerosos viajeros europeos que ya en el siglo XIX lo documentaron con imponentes fotografías!
Asonada de los talayeros
Precisamente, la escasez de leña —que se solucionaba muchas veces y todavía hoy empleando los sarmientos de poda de la viña— y las restricciones a su aprovechamiento en las zonas boscosas de los alrededores de La Atalaya, provocó una asonada en 1722. La protagonizaron unos 200 hombres cuando las autoridades prohibieron el acceso al bosque y «empezaron a poner multas a los talayeros que entraban por la cabecera del Monte Lentiscal a robar leña para sus hornos», relata el cronista oficial.
«La genealogía de las loceras llega tanto a antiguos canarios establecidos en esa zona, como guanches deportados de Tenerife»PEDRO SOCORRO
El enfrentamiento se produjo en una casa del Monte donde esos 200 (que utilizaban sus monteras para cubrirse el rostro) expulsaron a los funcionarios que estaban multando con el resultado final de una decena de vecinos de La Atalaya procesados.

El legado de Panchito
Panchito fue como un intruso en un oficio que practicaban mujeres, dice Socorro. «Su madre lo era, su abuela, su sobrina. Es decir, Panchito estaba en un mundo doméstico femenino. Ahora bien, se le debe una cosa fundamental: que le gustaba enseñar», destaca. Lo único que le preocupaba, recuerda el cronista oficial de Santa Brígida, «es que cuando él se muriera, la loza desapareciera».
Pero Panchito (Francisco Rodríguez Santana) y Antoñita la Rubia (Antonia Ramos Santana), las últimas personas que practicaron el oficio en La Atalaya (murieron en 1986 y 1992, respectivamente) junto a María la Quemá (María Guerra Alonso, fallecida en 2015), dejaron un legado del que algunos jóvenes (entonces) han tomado el relevo. Es el caso de Gustavo Rivero y Domingo Díaz el Taranta que todavía ejercen el oficio en la propia La Atalaya o de Silverio López, afincado en Fuerteventura, que aprendieron yendo a la casa de Panchito, lugar de encuentro de las últimas loceras y de jóvenes atraídos por el mundo de la alfarería.

| ■ Sajumador con tapa Esta tradicional pieza doméstica no es otra cosa que un pequeño brasero para quemar hierbas aromáticas y perfumar la casa o la cueva. Es obra de la locera Antonia Ramos Santana, conocida como Antoñita la Rubia ● |

| ■ Cazuela de castañas Tostador realizado por el locero Panchito (Francisco Rodríguez Santana) habitual antes en las populares fiestas de Los Finaos, cuando con castañas asadas, higos pasados y frutos secos se recuerda a los difuntos ● |

| ■ Bernegal de pila Decorado con espigas, este bernegal para la popular pila de destilar agua es obra de la locera Juana Sanjuan Suárez (Cha Juana Narcisa), considerada la mejor de su tiempo por la finura de sus trabajos ● |

| ■ Cazuelo de vino Recipiente utilizado en las bodegas del Monte Lentiscal para trasegar o servir vino, éste de gran tamaño (de la colección particular de Gustavo Rivero) tiene capacidad para varios litros y es del siglo XIX ● |

| ■ Frutero Este frutero con guayabos de San Mateo y perejil es obra de María Guerra Alonso (María la Quemá), última de las antiguas loceras que quedaba en La Atalaya hasta su fallecimiento en 2015, con 90 años ● |

| ■ Talla de caño y lisadera Junto al tradicional callao de bruñir el barro, una pequeña talla para beber agua obra de Panchito. Se tenía en la mesita de noche, mueble imprescindible hasta en las casas y cuevas del más humilde de los isleños ● |

| ■ Barqueta para hornear La típica cazuela de barro para horno con la que cocinar carne o pescado, obra de Panchito, con el diseño tradicional de las loceras de La Atalaya que la denominaban ‘barqueta’ ● |





