Patrimonio rural

El lenguaje silbado de los pastores se extingue en Gran Canaria

El silbo que llegó a la Isla con los primeros pobladores, patrimonio cultural en peligro

El lenguaje silbado que ya practicaban los primeros pobladores del archipiélago canario y todavía hoy utilizan los bereberes del Atlas marroquí, pervive en La Gomera, se está recuperando en El Hierro… y está a punto de extinguirse en Gran Canaria, donde todavía era frecuente que lo usaran los pastores de la isla hace 70 años. [En PELLAGOFIO nº 100 (2ª época, octubre 2021)].

A sus 87 años Jacinto Díaz todavía es capaz de silbar como lo hacía de joven. “Eso iba de padres a hijos”, dice. | FOTO Y. M.
■ JACINTO DÍAZ
“Silbábamos cosas como ¿viste la cabra puipana?”
Criado en Tasartico (La Aldea) de donde eran sus padres, Jacinto Díaz González (87 años) fue a Veneguera a trabajar con 13 años por 6 pesetas al día “trabajando en la sorriba, con una carretilla de ruedas de hierro, las primeras que había. Se enterraban en la tierra y les ponían una tabla para que no se enterraran. ¡Sacrificios!….”
(Ir al artículo)
Angelito y su primo Cipriano aprendieron fijándose en el padre de este último, “allí no había más nadie”. | FOTO Y. M.
■ ‘ANGELITO’ MOLINA
“Cipriano me silbaba «vamos para Acusa al baile»”
“El teléfono nuestro era así”, dice Carmelo Molina, Angelito (81 años), añadiendo algunas frases con el silbo. “Yo estaba en El Parralillo y él –se refiere a su primo Cipriano– en El Junquillo y me decía. «¿Cuándo vas a ir para Acusa?». Y yo le decía: «No puedo porque estoy con las cabras (o con las vacas)». Dice: «Bueno, un día voy…”
(Ir al artículo)
Con ‘sólo’ 67 años, Robustiano (Juan Delgado) es de los silbadores más jóvenes que quedan en Gran Canaria. | FOTO Y. M.
■ ‘ROBUSTIANO’ DELGADO
“Cada dedo tiene un sonido, es como música”
“Cuando nací mi madre me llevaba con ella y me tenía en medio de los tomateros ahí detrás, en una caja”, señala Robustiano a la montaña Esloa (997 m) desde su casa al borde de la carretera en el pueblo de Tasarte (La Aldea). “Abajo en el fondo del barranco tienen mis padres las fincas”. Con 11 años “salía por la mañana…”
(Ir al artículo)

Por YURI MILLARES

El lenguaje silbado es una forma de comunicación que practican muchas culturas del mundo, desde Turquía a México. A las islas Canarias llegó con sus primeros pobladores, que procedían del norte de África donde aún se utiliza normalmente entre los pueblos bereberes. Recuperado en la isla de La Gomera a partir de los años 90 del siglo XX, cuando estaba en vías de desaparición, ha sido documentado (y grabado) los últimos años por el investigador y etnomusicólogo David Díaz Reyes (Asociación Cultural y de Investigación de Lenguajes Silbados Yo Silbo), junto con algunos colaboradores, también en El Hierro (donde se ha iniciado igualmente su recuperación), Tenerife, Lanzarote y Gran Canaria.

«Antes la gente eran silbones porque no había teléfono, había que silbar de aquí a donde alcanzara el silbido» MOISÉS MEDINA (93 años)

En esta última isla el silbo se ha mantenido vivo entre los pastores, especialmente en las zonas más montañosas del centro y oeste (Tejeda, Artenara y La Aldea) y, en menor medida, de otros lugares del interior. La última generación de cabreros que silbaba supera los 90 años de edad y los niños que entonces silbaban, viendo cómo lo hacían sus padres y que después dejaron de hacer uso de él, están en la setentena.

“Mi padre silbaba que daba gusto, y mi abuelo. Antes la gente eran silbones porque no había teléfono, había que silbar de aquí a donde alcanzara el silbido”, le decía Moisés Medina (93 años), de Juncalillo (Gáldar), a David Díaz durante la entrevista que le hizo acompañado por el también investigador Sergio Perera, según la grabación que han compartido con PELLAGOFIO.

«Talio Noda fue el primero que me dijo que había escuchado el silbo en Gran Canaria en 1987 en La Aldea» DAVID DÍAZ REYES, etnomusicólogo

“Cuando empecé a interesarme por el mundo del silbo ya supe que estaba extendido más allá de La Gomera, porque el catedrático de Arqueología de la ULL Antonio Tejera Gaspar lo nombró en una ponencia en el I Congreso Internacional de Lenguajes Silbados en 2003 en La Gomera”, explica Díaz Reyes. “Talio Noda –continúa– fue el primero que me dijo que había escuchado el silbo en Gran Canaria en 1987 en La Aldea. Y ya me metí de lleno cuando el hermano de Sergio, que es Víctor Perera Mendoza [ganador del premio Gregorio Chil y Naranjo 2021 con un trabajo sobre toponimia de Gran Canaria], me llamó hace unos 11 años e hicimos varias entrevistas en La Aldea”.

Para rematar las referencias que indicaban que iba por buen camino en su investigación, localizó publicaciones de entrevistas realizadas por el catedrático de la ULPGC Maximiano Trapero “a varios silbadores, con ejemplos del silbo en Gran Canaria y para qué se usaba”.

David Díaz graba a Robustiano Delgado mientras silba algunas frases en Tasarte. | FOTO YURI MILLARES
David Díaz y Sergio Perera hablan con el pastor Jacinto Díaz en La Aldea sobre el lenguaje que éste aún practica a sus 87 años. | FOTO YURI MILLARES

Informantes
David Díaz y Sergio Perera suman varios años recorriendo Gran Canaria en busca de informantes. Desde 2010 han llevado a cabo sucesivas oleadas de visitas por toda la isla, localizando a más de 30 personas que conocieron y usaron el lenguaje del silbo.

Algunos de ellos, por su avanzada edad y no tener la dentadura de su juventud, ya no pueden silbar, pero otros muchos sí pudieron ser grabados emitiendo diversas frases que los investigadores les pedían como ejemplo.

“Los de más edad, de 85 años para arriba, suelen decir que silbaban imitando a gente mayor que ella que silbaba, caso de Cleto en El Juncal de Tejeda que tiene 90 años, o de Jacinto Díaz de Tasartico (La Aldea) que tiene 87. De ahí para abajo, es el caso de Angelito (81) o Robustiano (67), dicen que aprendieron de niños por su cuenta, pero se han criado en zonas donde había silbo”, explica Perera.

“Los lazos familiares de unos y otros hacen que desde pequeños sepan que se pueden decir cosas silbadas y ellos se ponen a practicar algo que han oído. No necesitan maestro porque el silbo lo que hace es sustituir la voz, lo más fácil es intentar hacer lo que los mayores: hablar lo que silbas”, añade Díaz.

Moisés Medina (93 años) les contó que ya no podía. “Yo silbaba con cualquier dedo o con ninguno y tenía un silbazo, coño, pero con la nueva dentadura no cuadró lo mismo”. Entrevistado en Tinoca, en realidad procede Juncalillo donde, dice, “los niños nos silbábamos y con el silbido sabíamos lo que nos estábamos diciendo. El barranco era hondo y yo estaba en la raya de Artenara y ellos estaban por frente, en la raya de Gáldar, y nos llamábamos y nos decíamos con el silbo muchas cosas”.

“Los mayores que silbaban eran los pastores –continúa–. Esos eran silbones, para el perro, para las cabras, para el ganado, para llamar. Llegaba lejos, depende del aire, si el aire estaba para arriba el silbo no llegaba. Los amigos nos llamábamos, por ejemplo, para decirnos que íbamos a nadar, que íbamos a jugar o cosas de chiquillos. Íbamos a nadar en el barranco (que no nos dejaban los padres y nos castigaban, porque nos enfermábamos) en unos tanques de barro que sujetaban el agua del naciente de noche y se soltaban por la mañana”.

«Llamaban silbiando y me decían: ‘Mira, el jueves vamos a pelar unas ovejas'» ANTONIO QUINTANA, ‘CLETO’ (93 años)

Para Moisés, “comunicarse era necesario porque no había teléfono, yo le pegaba un silbazo a un vecino, él contestaba con un silbazo y yo también, y por el silbo nos entendíamos algo”. A la pregunta ¿qué se decían?, contesta: “Pues, qué hora es, para ordeñar; la hora de dar de cenar a los animales porque nos cogía la noche y había que juyir de la noche. Acá lloviznando y con bruma y en Tejeda con sol, por eso Tejeda era el reloj nuestro, mirábamos la hora en las sombras de los riscos, el roque Bentayga, el roque Nuro [Nublo], el roque de Santa Nazaria [El Fraile], el risco La Macha… los teníamos marcados”.

Para Antonio Quintana (93), arriero de El Juncal de Tejeda, el silbo era importante “porque en los campos de Tejeda, Artenara y todos estos sitios no había sino caminos, ni carreteras había. Estoy hablando de 70-80 años atrás. Mi padre en paz descanse estuvo repartiendo agua con dos mulos, empezó por Guía, Gáldar, Agaete y El Risco. Con las bestias repartiendo agua a los hombres colgados en esos riscos, abriendo barrenos”.

Conocido como Cleto o Anacleto, que era el nombre de su abuelo materno, se enteró que se llamaba Antonio cuando lo llamaron para el cuartel. “Su abuelo Antonio era pastor y tenía un garrote de 5,5 metros. Nacido en el lomo de Juan Mateo, [Cleto] aprendió a silbar cuando niño con personas mayores”, anotó en su cuaderno David Díaz durante una de las veces que conversó con él, añadiendo que se silbaban cosas como: “Mira, ven mañana pacá que vamos a matar un cochino”. O le “llamaban silbiando y me decían: «Mira, el jueves vamos a bajar unos cuantos que vamos a pelar unas ovejas»”.

«Las cabras entienden porque están acostumbradas al pastor; si usted llega a un ganado nuevo se asfixia dando silbidos y no le hacen caso» JACINTO ORTEGA (83 años)

El pastor Jacinto Ortega (83 años) muestra cómo silbaba para llamar a sus hijos en el cortijo de La Gloria (San Bartolomé de Tirajana). | FOTO ISIDORO JIMÉNEZ

Jacinto Ortega (83), pastor de cabras jubilado y natural de Era del Cardón (Santa Lucía de Tirajana), estuvo gran parte de su vida en el cortijo de La Gloria (en el vecino municipio de San Bartolomé, donde su hijo José Miguel ha tomado el relevo). Hasta aquí se ha acercado PELLAGOFIO a entrevistarlo y escucharlo silbar unos días antes de publicar este reportaje.

Estamos aquí en pleno sur de la isla, próximos a la costa, pero como cabrero de muchas generaciones atrás muestra gran destreza con el silbo en el manejo de los animales y los perros.

“Aquí mismo donde estamos hoy, unas personas me preguntaron si las cabras entendían por el silbido. Las cabras entienden porque están acostumbradas al pastor. Si usted llega ahora a un ganado nuevo se asfixia dando silbidos y no le hacen caso”.

“Entonces cogí el dedo con el que yo silbiaba –pone la posición de dedo doblado con el índice– y lo metí en la boca (que yo pegaba un silbido que se oía de aquí a Mogán, pero ya no puedo silbiar, tiene que ser por la dentadura postiza), hago fiiiiu y desde que di el silbido viraron todas las cabras para atrás. Dice aquella gente «me cago en la madre que parió… entendieron». Digo, claro, porque ellas sabían que era para que viraran para atrás”.

«Silbaba al perro ‘no las cojas por el ubre’ –silba– y el perro comprendía» CARMELO MOLINA, ‘ANGELITO’ (81 años)

El silbido “si era al perro, ya era más distinto”, añade, aunque en su caso, para cabras o perro no era lenguaje, sólo silbido. Pero cuando tenía que llamar a algunos de sus hijos era diferente, entonces sí emitía lenguaje silbado. “Para llamar a uno de los chiquillos era distinto. Si, por ejemplo, quería llamar a Pepe hacía: Pepeee –silba utilizando los meñiques, alargando a la e final–, para que supiera que era a él; a Siso era: Sisooo –silba alargando la o final–; y a Lelo también: Lelooo –silba igual–”.

Carmelo Molina (81), más conocido como Angelito, sí hablaba mediante el lenguaje del silbo incluso a las cabras y a los perros, guardando animales de niño en el cortijo de El Parralillo (Artenara). Bardino, pasa perro aquí, silba a modo de ejemplo; échalas para abajo, silba a continuación; no las cojas por el ubre, añade silbando. “Y el perro comprendía”, dice.

Las mujeres, aunque era menos frecuente, también silbaban

Siendo pastores los últimos isleños que empleaban el lenguaje del silbo, los testimonios que se han podido encontrar entre los de más edad en Gran Canaria son todo hombres. Pero las mujeres, aunque era menos frecuente, también silbaban. “Hemos recogido un testimonio en Tasarte –dice Sergio Perera–, de que en época de Franco vino la Guardia Civil porque un vecino tenía una escopeta ilegal y avisó a la mujer por el silbo: voy con un guardia civil, esconde la escopeta. Y así salvaron la situación” y cita como fuente al vecino Ramón Segura.

Francisca Sánchez, Paca (87), iba a buscar carbón a Gugúi con su amiga Justa y es cuando aprendió a silbar, según recuerda oírselo decir su hija Orquídea (60), que así se lo contó a Perera, ya que su madre, muy mayor, ya no lo recuerda. Paca silbaba los nombres de todas sus hijas para llamarlas.

“Me acuerdo que mi madre nos llamaba por el silbo y si quería decir mi nombre, que me llamo Orquídea, lo decía clarito y yo corría para mi casa; si quería llamar a mi hermana que se llama Hortensia, llamaba a Hortensia, y si quería llamar a mi otra hermana, igual. Mi madre me decía que eso lo aprendió yendo a buscar carbón por la noche con su amiga Justa (que ya murió)”. Las dos vivían en El Albercón, un barrio de La Aldea.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba