Patrimonio rural

Minas de agua zigzaguean bajo el lecho del Tirajana

Obra hidráulica subterránea debajo de campanas de ventilación y acequias del mayor barranco del sureste grancanario

Gran Canaria es una ‘isla-gruyere’ perforada horizontal y verticalmente desde hace siglos. Algunas de las excavaciones son tan singulares como las minas de agua que recorren kilómetros bajo el cauce del barranco de Tirajana para filtrar el agua de las escorrentías. [En PELLAGOFIO nº 119 (2ª época, junio 2023)].

Por YURI MILLARES

El barranco de Tirajana recoge las aguas de una gran cuenca cuya vista impone. «Es una de las más importantes de Canarias por su extensión y sus aprovechamientos hidráulicos históricos», dice el investigador Francisco Suárez Moreno en su libro Las minas de agua en Gran Canaria (2014). Una realidad a la que nos acercamos aquí sólo un poco (dada la magnitud de la obra hidráulica presente para aprovechar las aguas infiltradas de las escorrentías), de la mano de otro investigador, Paulino Santana Reyes, que guía a PELLAGOFIO por el lecho de este barranco.

El barranco, aparentemente, está seco, pero por debajo del cauce pedregoso hay toda una red de acequias subterráneas. Por ahí todavía puede discurrir el agua: son las minas, algunas tan antiguas que datan del siglo XVIII. Los túneles excavados no tienen más de 1,20 metros de altura y 60 centímetros de ancho. «Ahora mismo hay muy poca agua porque, para los tomates, a partir de 1930 se horadó todo y hay más de 30 pozos por ahí para arriba. Un disparate que fue secando el acuífero —dice mientras iniciamos el recorrido, cauce arriba, por una pista de tierra que serpentea en medio de las dos orillas desde Sardina del Sur—. Las minas tienen agua si llueve».

En un tramo de 12 kilómetros, entre la presa de Tirajana (en La Sorrueda) y El Doctoral, «se configura un extraordinario subálveo de aluviones de hasta 30 m de espesor, con una alta permeabilidad por donde circulaba, hasta la perforación de los pozos en la primera mitad del siglo XX, un caudal importante de aguas subálveas aprovechadas», detalla Suárez en su libro.

«El techado de la mina se hacía con lajas y piedras, para que fuera permeable y filtrara el agua. Chorreaba por las paredes y el techo» PAULINO SANTANA

El investigador Paulino Santana junto al brocal de una de las campanas de aireación de la mina de Acequia Blanca, con su ‘proa’ contra las escorrentías. | FOTO Y. MILLARES

Para recoger esas aguas que se filtraban, se excavaron cinco minas a partir del primer tercio del XVIII y hasta mediados del XX: El Doctoral (1739), la Heredad de Sardina-Aldea Blanca (1743), Acequia Blanca (1885) y, ya en el XX, las de La Culata y Cuesta Garrote.

La primera mina que vemos en este recorrido ascendente desde Sardina es la de Acequia Blanca. Desde la boca de la mina, medio entullida, tras recorrer 275 metros llega al túnel de filtración bajo el barranco y zigzaguea después casi un kilómetro.

La utilidad del zigzag
La envergadura de la acequia «te da una idea del agua que salía por aquí —observa—. Cuando llega al cauce ya está a dos metros de profundidad, aumentando a medida que asciende por el cauce a cinco, diez, quince metros de profundidad. El techado de la mina se hacía con lajas y piedras, para que fuera permeable y filtrara el agua. Chorreaba por las paredes y el techo».

Al salir de las minas por sus respectivas acequias, el agua es conducida a unos albercones. Son estanques circulares desde donde se distribuye el agua en cantoneras para el riego. «Al principio era para la caña de azúcar. Duró poco tiempo. Después para otros cultivos. Pero aquí se sembraba mucho trigo y cebada, para los animales y para las personas». Las ruinas de algunos molinos hidráulicos de gofio, junto a algunas de las acequias, así lo indican.

En una isla que suma muchos trabajadores de galerías y pozos fallecidos, debido a la presencia de gases en su interior, las campanas de aireación permiten la aireación en los túneles

La cantonera de Samarín (detrás), que reparte el agua de la mina de la Heredad entre la acequia de Sardina (izq.) y la de Aldea Blanca. | FOTO Y. MILLARES

El recorrido de las distintas minas, desde que se sumergen en el cauce, va trazando líneas rectas que van en zigzag de una orilla a la otra y así sucesivamente. Serpenteando de este modo, se garantizan una mayor efectividad recogiendo las aguas subálveas que corren bajo el pedregoso discurrir del barranco.

Por encima de la mina de Acequia Blanca está la de las Heredades de Aldea Blanca y Acequia Alta de Sardina, «una de las más antiguas de la Isla y de las más extraordinarias por su recorrido subterráneo de 2.041 m, reconocidos oficialmente», destaca Suárez. Y muy importante, ventilados por cuatro campanas. Del mismo modo que Acequia Blanca tiene sus cinco campanas.

Campanas de aireación para ventilar los túneles
El kilómetro de túneles zigzagueantes de la mina de Acequia Blanca, o los más de dos en el caso de la mina de la Heredad de Sardina-Aldea Blanca, tienen algo más en común que su diseño y utilidad: sus campanas de ventilación.

En una isla que suma muchos trabajadores de galerías y pozos fallecidos, debido a la presencia de gases en su interior, es un detalle muy importante. Permiten la aireación en los túneles, pero también el acceso al interior cada pocos cientos de metros de recorrido (las más hondas incluso están dotadas de escalera helicoidal).

Las campanas son pozos circulares. Tienen un metro y medio de diámetro como máximo y están revestidos de mampostería. Sus brocales sobresalen un metro o más de la superficie del barranco y, en algunos casos, con tajamar contra la corriente. «Esta forma de proa de barco es para que cuando vengan las aguas, la escorrentía no las rompa», explica Paulino Santana.

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