Patrimonio rural

Vidal Acosta: “Mi padre cantaba una folía silbando”

“En Venezuela llegaba a la terraza del club canario de Macuto les echaba un silbo a los hijos míos y los tres volteaban inmediatamente”

SILBO HERREÑO. «En el pueblo de Isora, donde yo nací, la gente que bajaba hacia la costa y llegaba a la casa de mi tío Juan, salían cantando o silbando», dice Vidal Acosta (73 años), que estuvo 50 años emigrado en Venezuela. Material adjunto al reportaje Pervivencia del lenguaje silbado en la isla de El Hierro. [En PELLAGOFIO nº 96 (2ª época, mayo 2021)].

Por YURI MILLARES

“La verdad es que el silbo se dejó un poco de utilizar desde los años 60 y pico, que la gente empezó a salir menos al campo, salir menos a pastorear –relata Vidal Acosta–. Porque en el pueblo de Isora, donde yo nací y me crie, la gente lo practicaba. Los que salían de Isora, bajaban hacia la costa y llegaban a la casa de Juan (un hermano de mi padre), salían de allí cantando o silbando. Y muchos silbando cantaban, el caso de mi padre: era una persona que cantaba una folía silbando. Porque muchos utilizan los dedos, mi padre también, pero sin los dedos silbaba bastante”.

«Cada cual tenía su estilo y trataba de silbar más duro y de aclarar más las palabras que se iban a decir, para que se entendiera»

Se silbaba de “muchas maneras”, dice: con un dedo doblado, con dos dedos, con las dos manos. “Cada cual tenía su estilo y cada cual lo que trataba era de silbar más duro y de aclarar más la conversación o las palabras que se iban a decir, para que se entendiera”.

Su aprendizaje fue “de la naturaleza, porque había que hablar y hablabas, y si tu padre te silbaba tú empezabas. Claro, yo me fui para Venezuela el mismo día que cumplí 16 años y regresé hace tres. Fueron más de 50 años sin utilizarlo, pero aquello que mamaste no se te olvida nunca, eso es una realidad. Se pierde cuando empiezan a caérsele los dientes a uno”.

Aun así, lo cierto es que ni como emigrante dejó de silbar. “Yo en Venezuela siempre he dicho que lo utilizaba, porque éramos socios de un club canario en Macuto. Estaba la piscina abajo y la terraza arriba, yo llegaba a la terraza, les echaba un silbo a los hijos míos y los tres volteaban inmediatamente. Conocían el sonido del silbo”.

«Amalio, con el silbo, avisaba al señor que estaba escondido de por dónde iban los que lo estaban buscando»

Entre las anécdotas que cuenta, destaca la de vecino en Isora que estaba “huido”. Él era todavía un niño y escuchaba a otro vecino “que silbaba mucho y yo le decía a mi padre: «Papá, el señor Amalio está como loco. Se lo pasa silbando, silbando y no para de silbar». Entonces me dice: «Tranquilo, que él sabe lo que hace».

Pasó el tiempo, se arregló el problema de aquel hombre y un día que veo a Amalio, ya no silbaba. «Papá, al señor Amalio se le quitó la locura ya». Y me dice: «Bueno, es que con el silbo avisaba al señor que estaba escondido de por dónde iban los que lo estaban buscando”.

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