Arqueología

Los graneros bereberes que explican el modelo de los indígenas canarios

LA HUELLA ABORIGEN. Un grupo de arqueólogos, que está estudiando en la Península Ibérica graneros colectivos en riscos inaccesibles datados en la Edad Media y propios de la cultura bereber (como los que abundan y ya son conocidos en Gran Canaria), visita graneros similares en el Alto Atlas marroquí para conocer su funcionamiento. [En PELLAGOFIO nº 80 (2ª época, noviembre 2019)].

Por YURI MILLARES

El yacimiento arqueológico del Cenobio de Valerón, el mayor granero de los indígenas canarios, fue confundido en el siglo XIX –de ahí el nombre– con un convento en el que vivían las harimaguadas (las vírgenes sacerdotisas de aquella sociedad) hasta que los arqueólogos definieron en el s. XX el verdadero uso de sus 350 cuevas excavadas en la toba volcánica.

Las cuevas excavadas en riscos rocosos inaccesibles de la Península se pensó durante mucho tiempo que eran cuevas de eremitas o cámaras funerarias de los visigodos

El granero Ouchtin, en un acantilado sobre el río Melloul, extiende sus construcciones por una larga cornisa que incluye una gran oquedad con un naciente. | FOTO JACOB MORALES
Algo parecido, pero más cercano en el tiempo, ha ocurrido con las numerosas cuevas en riscos rocosos inaccesibles de la Península: durante mucho tiempo se pensó que eran cuevas de eremitas o, incluso, cámaras funerarias de los visigodos. El caso más singular quizás sea la Cueva de los Moros (Covetes dels Moros en valenciano), un conjunto de cuevas-ventana que se asoma a un acantilado cerca de Bocairent y que el investigador Agustí Ribera describe como graneros-refugio de cronología andalusí en su tesis doctoral (1).

Los arqueólogos recorren el granero Aoujgal, sobre el río Melloul. Delante, Ismail Ziani, alumno y guía. | FOTO JACOB MORALES
Para conocer la estructura, funcionamiento y el propio origen de estos graneros que siguen el modelo elaborado por tribus bereberes de zonas pre saharianas del sur de Marruecos, un grupo de arqueólogos acaba de visitar –septiembre de 2019– el Alto Atlas marroquí en el marco de un proyecto de investigación que dirige Leonor Peña Chocarro (2), del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que financia el propio CSIC (en el marco de los PIAR: Proyectos Intramurales de Arqueología en el Exterior).

Con ellos viajó el arqueobotánico canario Jacob Morales, invitado a participar por su conocimiento y experiencia en los graneros prehispánicos de Gran Canaria. “En Marruecos esos graneros se han seguido utilizando hasta hace pocas décadas –explica Morales a PELLAGOFIO–. Por eso han planteado un proyecto para ir a verlos y muestrearlos, conocer cómo funcionaban y entrevistar a gente que los usaba”.

Explorando el granero Aoujgal, Jacob Morales y (detrás) Leonor Peña. | FOTO GUILLEM PÉREZ
Entre graneros y jaimas
Así fue como llegaron al granero de Aoujgal (de la tribu de los Aït Abdi), construido con piedra, barro y paja, en una larga cornisa natural donde el río Oued el Abid forma un cañón de altísimas paredes verticales. Desafiando al vértigo y protegiendo su cabeza con cascos, recorrieron, fotografiaron y escanearon el lugar. “Eran las únicas edificaciones que hacían, pues normalmente vivían en jaimas moviéndose con sus ganados”, detalla. Pero la sorpresa vendría después, cuando lograron localizar a un anciano que había sido guardián de aquel lugar cuando todavía estaba en uso, algunas décadas atrás.

La entrevista la pudieron realizar ayudados por el alumno de tesis de Jacob Morales, Ismail Ziani, que traducía del árabe lo que el guía Alí traducía del bereber, según iba hablando con su abuelo Moha Rahmani, que así se llamaba el viejo guardián del granero. Hasta los años 80 del siglo XX su tribu todavía era nómada: en verano permanecían en este lugar, recolectando bellotas de los bosques de encinas que pueblan las laderas cercanas, y prendiendo fuego en las partes más llanas para formar pequeños claros sobre cuyas cenizas araban con burro y sembraban cebada o trigo que, si salía, recogían.

En los días del frío invierno, las serpientes se acurrucaban junto al guardián del granero, Rahmani, en busca de calor para dormir

Cuando llegaba el invierno y empezaba a nevar (aquí están a 1.900 m de altitud) se iban al desierto con sus cabras y ovejas, dejando en el granero todo lo que pudieran recolectar, cultivar y producir (bellotas, frutos de las sabinas que también abundan, cebada, la manteca de las cabras y las ovejas, carne seca “y hasta langostas; todo lo que se pudiera aprovechar como alimento lo guardaban”, relata Morales).

El guardián, entre serpientes
En invierno, si se les acababa la comida en el lugar del desierto donde estuvieran con sus jaimas y sus animales, enviaban a un hombre en burro a buscar comida al granero comunal de la tribu (a esta misión no iban mujeres ni niños). Cada núcleo familiar tenía su propio espacio de almacenamiento y todo el conjunto estaba siempre vigilado por un guardián, que no podía moverse del lugar, viviendo solo y rodeado de nieve.

Uno de los sacos de lana donde guardaban el grano todavía podía verse en el granero Aoujgal. | FOTO JACOB MORALES
El enemigo más inmediato de las provisiones eran los ratones, que se combatían con serpientes que convivían con el guardián, ofreciéndoles agua y leche para retenerlas allí. En los días del frío invierno las serpientes se arrimaban a Rahmani en busca de calor y juntos se acurrucaban para dormir.

La labor de vigilancia era vital para la salvaguarda de tan importante recurso y la persona que lo desempeñaba era elegido por la tribu

Divisiones para almacenar distintos productos en el granero Aoujgal. | FOTO JACOB MORALES
La escasez de comida podía provocar que tribus vecinas atacaran el granero y el guardián hacía una hoguera con maderas húmedas para que provocaran más humo y dar la alarma. La lucha por la supervivencia se saldaba a veces con pérdidas humanas en estos enfrentamientos. El granero de Aoujgal tiene incluso un túnel para acceder a una parte de los silos, con una gran piedra encima que el guardián podía empujar desde arriba, para bloquear el acceso: ni diez hombres podían moverla desde abajo.

La labor de vigilancia era vital para la salvaguarda de tan importante recurso y la persona que lo desempeñaba era elegido por la tribu. “Tenía que ser alguien ni muy rico ni muy pobre, nos contaron. Una persona respetada por todos y, si no funcionaba porque, decían, faltaban cosas, elegían a otro. Cada familia le entregaba una cabra o una cantidad estipulada de cebada al año: era un trabajo bien pagado”, describe.

En el granero Aoujgal, la estructura de almacenamiento de una familia rica de la tribu de los Aït Abdi. | FOTO JACOB MORALES
Pan de bellota y cebada
“Nos explicaron que las bellotas las guardaban con la cáscara y para comerlas se la quitaban, las molían, las mezclaban con trigo o con cebada y hacían pan. La bellota era un alimento que se recogía rápido, no les merecía la pena cultivar cebada o trigo teniendo todo ese alimento tan abundante”, dice.

En el granero de Ouchtin, sobre el río Melloul, la escena se repite: habitaciones de almacenamiento construidas con piedra y barro, con puertas, ventanas y estructuras de madera sobre paredes rocosas de difícil acceso, con pasarelas y escaleras también de madera de sabina y enebro para subir y facilitar el camino por la cornisa. Aquí sí había algunas cuevas, donde se conservaba mejor la cebada y el trigo, les dijo otro anciano que entrevistaron, Ikhlaf. También guardaban manteca y carne seca. Dentro había un naciente del que goteaba agua, por lo que tallaron una piedra para que la recogiera y era donde bebía el guardián.

Cuando el camello se paró a comer y beber en un sitio protegido decidieron hacer el granero allí arriba

La tribu nómada que usaba el granero de Ouchtin (otra rama de los Aït Abdi) no guardaba bellotas, pues no las había en su zona, sólo guardaban trigo y cebada, que sembraban en el wadi (vaguadas en el fondo de barrancos) y manteca de cabra y oveja.

Desde tiempos de Siba
La construcción de los graneros era una tarea colectiva y sobre la decisión de dónde ubicarlos les contó Ikhlaf que, cuando hicieron el granero de su tribu “en el tiempo de Siba” (3), el jefe había decidido buscar un sitio seguro para guardar el alimento porque estaban en guerra. Le encargaron la elección del lugar a uno de ellos que tenía un camello y lo soltó por el barranco. Cuando el camello se paró a comer y beber en un sitio protegido, a la orilla del cauce por donde corría el agua, decidieron hacer el granero allí, sobre el risco.

No sabían que eran marroquíes hasta que llegaron los franceses en 1945, hasta entonces no se consideraban súbditos de ningún reino ni país

Moha Rahmani, guardián del granero Aoujgal, y su nieto Alí que hacía de intérprete del bereber al árabe. | FOTO JACOB MORALES
Decidida la tribu a construir un granero, toda la comunidad participaba, formando una fila hasta el fondo del acantilado, en el río, para irse pasando las piedras y el barro hasta lo alto. Era un trabajo comunal, pero, después, cada celda de almacenamiento era de un núcleo familiar. Cuando los hijos crecían y se casaban, pedían permiso al jefe de la tribu para construir la suya encima o al lado de la de sus padres. “El granero estaba protegido por la baraka [bendición, gracia divina], es como un lugar sagrado de la tribu”, precisa este arqueobotánico.

A los leones los solían ahuyentar con ayuda de perros y tirándoles piedras, hasta que llegaron los franceses y acabaron con los leones y otros felinos

“Les preguntamos a varios ancianos si sabían cuándo se habían hecho los graneros y todos decían lo mismo, que en el tiempo de Siba, cuando no pertenecían a ningún reino y eran tribus nómadas enfrentadas unas a otras”, relata Jacob Morales. El propio Rahmani les confesó que “no sabían que eran marroquíes hasta que llegaron los franceses en el año 1945, hasta entonces no se consideraban súbditos de ningún reino ni país”.

También recordaba el abuelo de Alí que fueron los franceses quienes acabaron con los leones y otros felinos (“con manchas”, describió) que habitaban el lugar. “A los leones los solían ahuyentar con ayuda de perros y tirándoles piedras. Pero contó que a una mujer que había ido a buscar leña la devoraron”, añade Morales.

En su casa de Imilchil, Baamti Said, hoy un anciano sin recursos, fue jefe de tribu, tuvo 13 esposas y había luchado contra la colonización de los franceses. | FOTO JACOB MORALES
Seminómadas en el Ksar de Imilchil
Los graneros objeto de estudio en este primer viaje se encontraban en una zona próxima –aunque vasta de recorrer– a la pequeña ciudad bereber de Imilchil (a 2.119 metros en el valle de Assif Melloul, donde visitaron un granero bien diferente: dentro de la población y construido como si fuera una fortaleza o castillo –ksar lo llaman ellos– por Baamti Said, hoy un anciano sin recursos que había sido jefe de tribu, tenido 13 esposas y luchado contra la colonización de los franceses).

El granero de Baamti Said en la localidad berebé de Imilchil, en forma de castillo (ksar). | FOTO JACOB MORALES
Mientras el granero de Aoujgal era de una tribu nómada más recolectora que agricultora en cuya dieta abundaban las bellotas y otros frutos de árboles, Baamti Said pertenece a una tribu seminómada (los Aït Haddidou): la mitad se va con los animales y la otra mitad se queda en Imilchil con sus huertos y viviendo en el ksar. En Imilchil no crecen las encinas, así que su alimento principal era trigo y cebada que guardaba en este granero privado, junto a la manteca.

Tanto los graneros de Aoujgal y de Ouchtin citados, como algunos más que visitaron, se componían de celdas de almacenamiento construidas, no silos excavados en la roca como los canarios, que esperan encontrar cuando vayan en un segundo viaje, el próximo año, al valle del Draa, donde sí almacenaban más productos agrícolas que de recolección.
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(1) Agustí Ribera i Gómez, Covetes dels moros: coves finestra en el Xarq al-Andalus. Arqueologia de les coves penjades artificials valencianes, Universidad de Alicante, 2016.
(2) Investigadora científica del CSIC, Instituto de Historia, Departamento de Arqueología y Procesos Sociales, Grupo: Arqueobiología.
(3) «Según los escritos de Roben Montagne, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, el Magreb estuvo dividido en dos espacios; bled el Majzen bajo la autoridad central del sultanato, que reinaba sobre
los centros urbanos; y bled siba, formado por las tribus disidentes del mundo rural. Se fingía en este extenso territorio rural un dominio del estado del desorden y de la anarquía social donde el colonialismo francés
justificaba su mascarada política de «pacificación». Este sociólogo colonial se quedó sorprendido por la oculta organización social de estas coherentes tribus bereberes. Observó que estas organizaciones sociales eran el fundamental pilar de la supervivencia de la Berbería a través de los siglos, resistiendo a diversas penetraciones e imperios. Afirmaba que la sociedad bereber «oscilaba entre repúblicas o mejor dicho autonomías tribales democráticas, oligarquías y tiranías efímeras».» (Rachid Ahmed Raha, “La cultura tamazigbt: un tabú incomprensible”, Aldaba nº 19, pág.21, Servicio de Publicaciones del centro UNED-Melilla, 1983.

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