Patrimonio cultural

El vino en las coplas populares

A modo de avance, artículo del director de Los Sabandeños para el primer capítulo del libro de próxima aparición ‘Tertulia, arte y salud con vinos canarios’, editado por Pellagofio Ediciones para su colección «Cinco historias con receta». [En PELLAGOFIO nº 26 (1ª época, noviembre 2006)].

Por ELFIDIO ALONSO

Los vinos canarios han sido retratados en las coplas populares de muy diversas maneras, aunque se canten numerosas cuartetas procedentes de tierras peninsulares (España y Portugal) y de países americanos, que hemos hecho nuestras y que cantamos en fiestas y parrandas como si se tratasen de coplas nacidas por estos lares. Así ocurre con la conocida cuarteta atribuida a Víctor Doreste (“Ven acá, vino tintillo, / hijo de la parra tuerta”), cuando es fácil encontrarla en repertorios segovianos y de otras regiones. Veamos cómo figura en el disco que el Nuevo Mester de Juglaría dedicó al vino:

“Ven aquí, vino vinito,
hijo de la cepa tuerta:
tú que te quieres meter,
y yo que te abro la puerta”.

Lo mismo sucede con otras coplas que se siguen cantando en parrandas canarias, como nos dice Luis Ortega en una de sus novelas. Esta cuarteta, que trata de plantear un tema relacionado con las diferencias sociales, se canta tanto en La Palma como en Castilla, con versos que parecen calcados:

“Cuando un pobre empina el codo
lo llaman el borrachón;
cuando un rico se emborracha
¡qué gracioso está el señor!”.
(Callejeando, Ronda Segoviana, “Jota de los títeres”).

Hay más coplas y estribillos relacionados con el vino que también se siguen cantando en tierras peninsulares, desde “El vino que tiene Asunción” hasta “Nadie ponga su viña / junto al camino”, pasando por “Uvas tiene las parras del cura” y por “Una noche de luna / uvas me fui a robar”, que resultan fáciles de localizar en cancioneros foráneos de Castilla y Andalucía, especialmente.

Sin embargo, tenemos en Canarias un buen puñado de coplas y letrillas que aluden a nuestros vinos de forma inequívoca, como sucede con estas cuartetas de Diego Crosa Crosita y de Manuel Verdugo, respectivamente. La primera dice:

“Una casita en el monte,
una mujer que me quiera,
un barril de vino tinto…
¡y luego que vengan penas!”.

Y la segunda incide en el viejo tema de que ningún camello se ve su corcova:

“No critiques, no censures,
que si empiezas a beber,
de tanto beber te mueres
y muerto bebes también”.

Además de esta idea de que el vino forma parte de la más ansiada felicidad, se dan en nuestras coplas las peculiaridades más notorias que definen a nuestros vinos, incluso con alusiones directas a la justa fama que llegaron a alcanzar en las cortes europeas, como así han reflejado autores de la talla de Shakespeare o Walter Scott. Un paisano ilustre, como Nicolás Estévanez, dedicó al vino canario las siguientes estrofas, en métrica de seguidilla, con claras alusiones al célebre malvasía:

“A la hermosa Orotava,
panal de abejas,
acuden los turistas como las moscas
desde Inglaterra.
Hasta Icod de los Vinos
las moscas llegan,
por los vinos preguntan
y se los llevan.
Es tan fuerte el aroma
del malvasía
de Tenerife,
que se les mete en Londres
a los ingleses
por las narices.
A Garachico llegan
los nobles lores
y se emborrachan,
y los pobres isleños
que se fastidien
y beban agua.”

También en la Isa del vino, de Los Sabandeños, hay una copla que se refiere al malvasía, localizada esta vez en el barrio lagunero de Los Baldíos, donde tuvo su maravillosa finca don Víctor Núñez Fuentes, afamado vinicultor. Dice así:

“Vino blanco, vino tinto,
malvasía del Baldío,
los mostos de Taganana
quitan magua, quitan frío”.

Lo mismo ocurre con estribillos tan expresivos como el que sigue, transmitido por el inolvidable Agustín Oliva, gran parrandero tinerfeño:

“Un lebrillo e´gofio me comí,
fue tanta la sede que me dio,
que una pipa de agua me bebí
y de vino tinto un garrafón”.

Observemos que se trata de uno de los rarísimos estribillos de arte mayor que existen en el repertorio folclórico canario. También lo entonaron Los Sabandeños en su Isa de la manta.

Basten estas pocas coplas para hacernos una idea de las posibilidades de realizar un ensayo más completo y ambicioso sobre un tema que, de momento, aún está por desarrollar en sus aspectos folclórico y etnográfico. Porque también en la literatura popular, como espejo fidedigno, aún es posible mirar los muchos reflejos que nos ha ido dejando el vino santificante de nuestra tierra, a lo largo de sucesivas etapas históricas en las que, entre auge y declive, se han ido forjando nuestra condición, carácter y señas de identidad de un pueblo que ha amado la cultura del vino, tan vieja como el mundo.

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