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El miedo no era al naufragio, sino a los tiburones

Oficios del mundo rural / Pescador de morenas en San Andrés (Tenerife)

OFICIOS DEL MUNDO RURAL. Isidoro Torres Díaz (1919-2002) era muy conocido por los tambores para pescar morenas que hacía con junco. Todo un torrente de anécdotas e historias marineras acontecidas durante el siglo XX, en 1950 se hundió el barco en el que volvía a remo desde los Roques de Anaga por el peso de las caballas ¡Habían hecho una ‘copada’! [En PELLAGOFIO nº131 (2ª época, julio-agosto 2024)].

Por YURI MILLARES

«Íbamos a tamborear con seis tambores —me contaba Isidoro Torres una mañana del verano de 2001 de paseo y conversa por San Andrés, el barrio marinero y pesquero de Santa Cruz de Tenerife—. Cogíamos la carnada temprano, cogíamos cangrejos y con los cangrejos cogíamos pejeverdes. Entonces los ponía al sol para que se quemaran y con el machete los picaba y se lo echaba al tambor y calaba los tambores con pejeverdes. Y cuando no conseguía carnada, vivía usted que era una locura».

Tambor para pescar morenas de los que hacía Isidoro Torres. | FOTO Y. MILLARES
Hablaba así de sus comienzos en la pesca con su padre en 1932. Apenas tenía 13 años. Los barcos varaban entonces en la playa y cada madrugada (si el tiempo y la mar lo permitían) partían rumbo a los Roques de Anaga. Iban remando y volvían a vela. «Raspando la costa íbamos por ahí para arriba. La Mancha, La Rajada, La Esterada, La Palmita, el bajo Guelde, todo eso por la orillita la mar. Y después para abajo veníamos en vela. Eso es una maravilla», recordaba.

«Cuando llegábamos a la punta de Antequera, el viejo me ayudaba. Fíjese usted que yo no podía con el remo mío. Me ayudaba porque había viento, y el viejo conocía todo eso palmo a palmo. Nos metíamos por la baja y salíamos allá y todo eso nos quitaba mucho el viento».

«De los Roques de Anaga para arriba se le llama la Mar de los Hombres, de allí para abajo la Mar de las Mujeres, porque el tiempo nunca está malo»ISIDORO TORRES

De hecho, en invierno «había meses que no se podía ir», porque, decía, «es cuando había frescura». Esas aguas y su costa que tan bien conocen los pescadores del lugar las divide Isidoro en dos zonas, una más peligrosa, otra más quieta. «De los Roques para arriba se le llama la Mar de los Hombres. De allí para abajo la Mar de las Mujeres, porque siempre está como un plato, aquí el tiempo nunca está malo. Hasta en el agua se nota y hay que tener mucho cuidado».

Naufragio en los Roques
«El día primero de septiembre del año 50 naufragué en los Roques de Anaga», comienza el relato de un día de pesca tan exitosa que el barco se hundió por el peso de las capturas. Aquellos días estaba Isidoro yendo a pescar «con un señor que le decían Adolfo, ya de edad (tenía setenta y pico años, era primer oficial de máquinas): Oh, fíjese usted que él condució los primeros camiones que vinieron a Tenerife».

De regreso a casa, me contó que trajo «unas caballas grandes y mi padre dice “¡ay!, ¿dónde están pescando?” Digo: padre, estamos pescando en El Labrante. Y él sabía ya dónde era. Y el tiempo estaba bonanza podría [bonanza podrida = mar en completa calma]. Su padre, conocido como Perico el Burro, organiza entonces una salida de varios barcos a la caballa. «La falúa, una; el barco del arte, dos; y dos petromaces* y el del remolque, tres. O sea, éramos cinco barcos». Isidoro iba en el último, el María Luisa, de siete metros de eslora y dos remos.

«El barco se fue al fondo, dio vuelta, largó el pescado y como es madera salió a flote»

«Hicimos una copada. Una copada quiere decir que copamos todos los barcos, los cargamos. Entonces me dice el patrón: “Isidoro, vete para abajo poquito a poco y espera en Antequera”. Armamos los remos del barco y vinimos bogando. Por el trayecto del camino se vira el tiempo, cambia. ¡Mira, se va el barco al fondo cargado de pescado! Venía cargado a tope. Las caballas eran de medio kilo cada una. Un asombro. Un pescado precioso».

El barco «se fue al fondo, dio vuelta, largó el pescado y como es madera salió a flote. Nos metimos dentro y el miedo que tenía yo no era al naufragio, sino a que un tiburón me atacara». Entre los cinco tripulantes del María Luisa «había un niño que no sabía nadar», añade. De nombre Agustín, «lo primero que hice es coger al chiquillo y amarrarlo». Con el cabo que usaban para que los remolcara el barco del grupo que tenía motor, ató al niño a los remos, uno a cada brazo.

«Naufragamos a las once de la noche y nos recogieron a las cuatro de la mañana. Ya no tenía dedos, sino palos»

¿Tiburones? «¡Cada lebrancho* que da miedo! Estuvimos allí nadando, pero no por fuera, sino metidos dentro del barco, echados de barriga y agarrados de la serreta y con la mano haciendo así —moviéndola para flotar mejor—. Los cinco. Naufragamos a las once de la noche y nos recogieron a las cuatro de la mañana. Ya no tenía dedos, sino palos».

Fue su padre quien los recogió, precisamente. «Sabía que el barco se fue al fondo. Lo sabía por el tiempo y la carga que el barco traía. Entonces dio vuelta y por reflejo de la luna nos vieron y nos recogieron. En el muellito ese de San Andrés tirabas una naranja y no caía en el suelo, de tanta gente».

■ HABLAR CANARIO
Papas, batatas y gofio, a bordo del ‘Uzcudun’

Familia de pescadores, la de Isidoro Torres era también familia de carpinteros de ribera. «Mi padre hizo uno dentro de mi casa y para sacarlo por la puerta tuvimos que darle voltereta y ponerlo de lado». De nombre le pusieron Uzcudun, por el boxeador vasco Paulino Uzcudun. «Ese bote caminaba a la vela latina que daba miedo. Era chiquitito, pero mire, izábamos la vela y caminaba que era una sombra».

ISIDORO TORRES:
«Mi padre hizo un barco dentro de casa y para sacarlo por la puerta tuvimos que darle voltereta y ponerlo de lado»

A bordo llevaban «el zurrón del gofio, que era el cuero de cabrito. Llevábamos agua y el conduto madre lo hacía. Y cuando íbamos para arriba que hacíamos noche, dormíamos en tierra en Roque Bermejo en un cejo donde se podía usted acostar. Llevábamos papas, batatas. Las guisábamos con unas viejas. Porque al coger los erizos para engodar* siempre cogíamos viejas con la pandorga y entonces todo el mundo a comer. Hacíamos la cena, cenábamos, a dormir y después por la mañana, antes de amanecer el viejo calentaba el café y la leche».

Para la vieja con papas y batatas, su padre «llevaba siempre aceite y vinagre ya mezclado en una botellita de esas de cerveza».

*VOCABULARIO
engodar. «Atraer a los peces con engodo». Otro de los muchos vocablos portugueses en el habla de Canarias, igual que engodo, «cebo que se arroja al agua para atraer a los peces». Ambas voces, recogidas en el Diccionario histórico del español de Canarias.

lebrancho. Aquí, «persona o animal grande y desproporcionado» (Diccionario básico de canarismos de la Academia Canaria de la Lengua). En su primera acepción, lebrancho es un pez de la familia de los mugílidos también conocido en las Islas como «lisa».

petromaces. «Lámparas de petróleo de gran tamaño que se empleaban años atrás para atraer a los peces», describe José Pascual Fernández en Entre el mar y la tierra. Los pescadores artesanales canarios

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