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Tacande, trazos culinarios impresionistas en Haría

«Tocaba visita personal al restaurante Tacande y detecté, otra vez, ímpetu y cierto desparpajo —entiéndase el término de la forma más constructiva— en el uso de la materia prima», escribe Fran Belín en esta entrega de su columna “Chip de morena”. [En PELLAGOFIO nº123 (2ª época, noviembre 2023)].

Por FRANCISCO BELÍN
Periodista gastronómico

La escapada apuntaba, de primeras, a La Palma, pero de repente se reviró la cosa y me vi en Llegadas del aeropuerto de Lanzarote. Eso es equivalente a sentirse como en casa, ciertamente, por las personas y todo lo que éstas me gratifican en cada vivencia. El déjà vu gustativo en Haría apareció nítido, pues hacía poco que en A Coruña había admirado un menú degustación del restaurante Eclectic de Sergio Musso y Paco Picón. Una secuencia con tanto de audacia, como más aún de versatilidad en la interpretación del producto local.

En el restaurante Tacande el chef Daniel Jiménez me inoculó una impresión similar. Invita este Tacande a aprehender la interpretación de una luminosidad culinaria especial. Al menos yo lo detecto así. Hasta el momento había acudido al buen establecimiento norteño bajo el paraguas de una visita en grupo, o por motivo de una interesante jornada gastronómica organizada por Víctor Betancort. En la primera ocasión recuerdo, de forma vívida, que la degustación amplia en pases me llamó la atención.

Tocaba visita personal y detecté, otra vez, ímpetu y cierto desparpajo —entiéndase el término de la forma más constructiva— en el uso de la materia prima para redondear, por ejemplo, un gazpacho de aguacate: enunciado simplificado, pues la propuesta mostraba un estallido hortícola de lo más festivo.

La sensación de haber pasado con anterioridad por una situación que se estaba produciendo en otra latitud, me llevó en cierto modo a cotejar desde el lustroso chipirón relleno del espacio gastronómico coruñés al tiradito de lubina de Tacande. De la espardeña del gallego al taco de cabra del canario. Daniel Jiménez, un cocinero al que me parece haber detectado unas prestaciones, aprovechó el movimiento pictórico, ciertamente impresionista.

Lo comento por ese efecto que se pretende desde el equipo de cocina (certeramente proyectado por la sala) de expresar la luz (la impresión gustativa) y el instante para los comensales, más allá de las formas y colorido que aparecen en nuestro plato.

Con el arroz con leche el chef te interna por vericuetos gastronómicos no usuales. Pero con la crème brûlée Luis Benito y yo coincidimos: «¡Esto está tremendo!»

Me acompañaba en la experiencia, sin estar sujeto a un plan organizado, Luis Benito, jefe de cocina del Chiringuito Tropical de Playa Blanca. Me encanta Luis a la hora de examinar, en este caso, cada pase del Menú Ventorrillo. Con parsimonia y, permítanme, con gesto épico, se le afilan/afinan los ojos y esboza una expresión muy suya. «Muy bien este arroz de carrillera». Yo asentí con el de carabinero.

Nos hemos dejado llevar por el buen hacer de Ariadna en la sala y tocaba esta elección corta, pero a fe que muy compensada y tocada por la varita mágica del vino blanco de la zona.

El arroz con leche nos hizo recordar que Daniel Jiménez te interna por vericuetos gastronómicos no usuales e igualmente satisfactorios. Pero ya es que con la crème brûlée Luis Benito y yo coincidimos en plan telepatía: «¡Esto está tremendo!».

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