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Un yunque de la herrería y catorce duros para una boda

Oficios del mundo rural / Herrero por los caminos de Fuerteventura

OFICIOS DEL MUNDO RURAL. La herrería de Juan Curbelo estaba en Valles de Ortega cuando lo entrevisté en mayo de 1997. Tenía 88 años y el siglo XX a sus espaldas… literalmente, pues ofrecía sus servicios como herrero allá donde podía encontrar animales que herrar, ruedas de carro que reparar o piedras de molino de gofio que cinchar. [En PELLAGOFIO nº130 (2ª época, mayo 2024)].

Por YURI MILLARES

«De entre las muchas historias que cuenta el herrero Juan Curbelo, Maestro Juan, una es especialmente entrañable», escribí tras aquel encuentro. Y es que en ella contaba cómo hizo para conseguir algún dinero que le permitiera afrontar la etapa de su vida que le iba a ocupar la mayor parte de su existencia: el matrimonio.

«Cuando yo me fui a casar, coño, esto es grande de decir… Fui a mi padre y le dije: “Padre, présteme el yunque que voy a ir a hacer rejas, que me voy a casar” —principia a decir, casi sorprendido él mismo de lo que va a relatar—. “Muchacho, tú estás loco”, me dijo». Y es que lo que pretendía era echarse a caminar cargando con tan pesado objeto.

«Présteme el yunque y el martillo que voy a ir para allá quince o veinte días», insistía, con la idea de salir de la herrería de su padre en Antigua en dirección a Tetir. «Pues tienes que ir a poner a Giniginámar», accedió al fin su padre, indicándole al mismo tiempo dónde hacía falta un herrero.

«Había un solo camión, me eché el yunque al cogote y lo llevé hasta casa de don Matías López, el que vendía los molinos»

«Había un solo camión y me eché el yunque al cogote, una pieza como ésta —señala la que tenía en su herrería—, y lo llevé en el cogote hasta casa de don Matías López, el que vendía los molinos». Hasta allí llegó sudando lo suyo a ver si veía pasar el camión. Y hubo suerte. «Yo llegando allí y Antonio García con el camioncillo, un fotingo*. Don Antonio, ¿no me lleva?, le dije. “Sí, móntate”. Después cogí un camello y me marché a la vega de Tetir, allí había un fonda del padre y la madre de Travieso, el abogado de Puerto».

Sobre su viejo yunque, Maestro Juan martillo en mano con una de las rejas que fabricaba. | FOTO Y. MILLARES

Instalado en la fonda se permitió incluso contratar a alguien que le ayudara.

«Le dije a un muchacho que busqué allí: te pago un duro y el almuerzo. Y era bueno para trabajar. Hice rejas. Y me dijo don Domingo, uno que tenía una tienda allí: “Mire Juan, haga usted las herramientas todas y las que no venda, me las deja a mí y las vendo yo aquí”. Coño, yo vi los cielos abiertos. ¡Y traje catorce duros para acá!, después de pagar al muchacho y pagar la fonda», dice. Y hubo boda. «¡Me casé con catorce duros!», sonreía.

Después de aquello, recorrer la isla ofreciendo sus habilidades como herrero le siguió reportando ingresos con los que salir adelante en tiempos difíciles. Tenía que fabricarse él mismo sus propias herramientas de trabajo y hasta piezas de motores, que no había forma de conseguir en la isla.

«Hasta cigüeñales hacía yo y antes no había máquinas ningunas, ¿los compresores cuándo vinieron? Y hoy va a comprar una herramienta y no sirve. Mire, sin estrenar —muestra unos martillos que le han traído—, son para arreglar. Las herramientas que yo necesito para trabajar me las hago yo, una trincadera, un puntero, lo que sea. De fuera no necesito ninguna. ¿Sabe lo que compro? Limas».

■ HABLAR CANARIO
Fumando sin gastar fósforos y comiendo frangollo

«¡Fuertes trabajos se pasaban! —exclama Maestro Juan—. Fíjese usted si carecía la gente, que un tal Juanillo se hacía el tabaco con camisas de millo y encendía un cabo de los de las norias con un fósforo*. Gastaba un fósforo por la mañana y tenía todo el día el cabo encendido. Cuando iba a fumar era allí, para no gastar un fósforo. “Lo menos veinte fósforos me ahorro al día”, decía».

«Mi abuelo traía siete u ocho palmeros. Y no les daba dinero, les daba chícharos, garbanzos, lentejas. Y en un pajar se quedaban todos»

Los recuerdos brotan en su hablar despacio pero corrido. «Hubo un tiempo que estaba la gente muy mal y venían los palmeros a trabajar. Mi abuelo era uno que traía siete u ocho. Y no les daba dinero, les daba chícharos, garbanzos, lentejas. Y en un pajar se quedaban todos. Y la comida de noche era leche y frangollo».

A Juan Curbelo le encantaba el frangollo de su abuelo. «Tenía unas calderas de tres patas que hacía dos cacharros llenos y molía en molino de mano. A mí me gustaba mucho. ¡Ah!, yo agarraba mi plato y le echaba leche. Mi abuelo hacía el caldero de leche caliente y fría. A mí me gustaba la leche fría».

*VOCABULARIO
fósforo (t. fófaro y fóforo). Tanto en Canarias como en Puerto Rico y otras parte de América, la denominación casi exclusiva de la cerilla, cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias.

fotingo. «(Del eslogan foot it and go, literalmente “pisa y arranca”, con que se publicitó uno de los modelos de la casa Ford). Coche viejo, muy usado y algo desvencijado» (Diccionario histórico del español de Canarias). «Coche antiguo de la marca Ford», escribe Pancho Guerra (Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”) ●

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