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Cinco generaciones escuchando hablar a las cebollas

Oficios del mundo rural / Cosecheros del cebollino* tradicional de Gáldar

Cuentan que Cha María compró el Cortijo de las Rosas con las ganancias de los tunos que recogía bajo los riscos del Pico de los Montañones y vendía en Agaete, a donde iba descalza. Después, lo plantó todo de cebollas. Sus tataranietos no saben de dónde las trajo, pero su adaptación las convirtió en una variedad única. [En PELLAGOFIO nº153 (2ª época, septiembre 2026)].


Por YURI MILLARES

En lo alto del Cortijo de las Rosas todavía se puede ver una casa amarilla con tejas donde vivía Cha María, la única construcción que había en todo el cortijo cuando esta decidida mujer compró aquellas tierras. Por encima había unos cercados de piteras con plantaciones de tuneras que jugaron un papel clave en esta historia familiar. «Le decía a mi abuelo que del dinero que había sacado de los tunos pudo pagar lo que le costó. El cortijo se lo compró a la mujer de Tomás Morales, a doña Leonor[1]. Entonces ahí no había casas ningunas, todas esas casas por ahí arriba —ahora es un barrio— son primos, hermanos, tíos, porque son todos nietos y bisnietos de Cha María. Yo soy tataranieto», relata Carlos Moreno. Y casi todos dedicados al cultivo de la cebolla.

«Siempre oía decir [en casa] “la semilla nuestra”. Recuerdo que mi padre contaba que Mister Leacock le compró la semilla a mi bisabuela» MIGUEL MORENO

Cuando en las postrimerías del siglo XIX y los comienzos del XX la comarca noroeste de Gran Canaria desarrolló una pujante economía agraria de exportación de plátanos, tomates y papas, las cebollas también hicieron aparición. Se trajeron y empezaron a cultivar de diversas variedades y Cha María llenó el cortijo de cebollas de las que fue sacando semillas y seleccionando. El origen de las primeras que adquirió es algo que desconoce su bisnieto Miguel Moreno, padre de Carlos. «Ahí no sé decir, pero yo sé que siempre oía decir [en casa] “la semilla nuestra”. Recuerdo que mi padre contaba que Mister Leacock le compró la semilla a mi bisabuela» (como dato curioso, Míster Leacock anunciaba en La Provincia en 1921 que vendía cebollinos* y nombra la variedad «Cebolla de Gáldar», nunca antes citada).

«La semilla es propia de aquí, no hay otra en el mundo que tenga las características genéticas de la nuestra», explica Carlos, orgulloso del legado familiar. De hecho, ellos son tres hermanos —Evelio, Carlos y Ana, de 32, 23 y 21 años— que han tomado el relevo a sus padres, como jóvenes agricultores, en varias fincas resultado de la partición del cortijo entre distintos herederos en 1952, tras el fallecimiento de Cha María. «Más jóvenes imposible —ríe—, y con nuestros padres ya mayores estamos nosotros tres siempre».

«Es en lo que nos hemos criado y nos gusta muchísimo» ANA MORENO JIMÉNEZ

Ana Moreno Jiménez. | FOTO Y. MILLARES
Se da la circunstancia de que los dos varones son enfermeros en activo y ella, estudiante de Medicina y «siempre lo compaginamos con esto, porque es en lo que nos hemos criado. Y nos gusta muchísimo», confiesa Ana. Desde chiquititos el padre los llevaba a las tierras, cosa que a la madre no le hacía mucha gracia, «que los niños se cortan pelando cebollas», advertía Dulce Jiménez. «Y mi padre contestaba: “Pero si yo los tengo por allí nada más que jugando”», ríe Ana.

Por ello, pese a su juventud, son unos expertos en el cultivo del ciclo completo: producir semillas, plantar cebollinos, cosechar cebollas y vuelta a empezar. Tanto que entienden lo que les dicen las plantas. «A las cebollas hay que escucharlas. Yo paso y ellas me hablan. Escucho el sonido de las ramas y sé si están bien regadas y a gusto, porque les pasa el viento y siente usted las ramas estrallándose unas con otras. Pero si usted viene y está un airillo —un viento ligero— así como el de ahora, no el viento fuerte, y no oye nada, está pasando falta de agua, la rama está débil y no suena tanto», explica Carlos. Por cierto, unas cebollas bien servidas gracias al riego por goteo, algo en lo que su padre Miguel y su tío Adolfo (también enfermero e igualmente agricultor) fueron pioneros en la comarca.

Sopla un ligero viento en la finca Morales mientras los hermanos Ana y Carlos recogen cebollas de la variedad blanca de Gáldar. | FOTO Y. MILLARES
Unos “locos” con riego por goteo
La cebolla es una planta que arraiga con facilidad. «Usted tira una mata por ahí y si le cuadra que cae una llovida se queda ella sola enraizando. Como se le ponga un pisquillo de humedad en la cabeza, donde están las raíces, cuando se da cuenta está ella allí agarrada», dice. De hecho, este año que las plantaron por primera vez con tractor, en vez de a mano, «que estaba lloviendo, se nos caía alguna matilla del tractor y después veías entre medio de los pasillos plantados que agarraba alguna por fuera…», sigue explicando.

Eso sí, necesita agua para su desarrollo, como todo vegetal. «En esta zona (Las Rosas y Los Llanos) antes se regaba todo a manta —por inundación— de los surcos. Los primeros que trajeron el riego por goteo fueron mi padre y mi tío Adolfo», apunta.

«Nos tuvimos que dedicar al goteo porque ya el agua escaseaba —detalla su padre, Miguel—. Me acuerdo de que mi padre [Isidro] tenía que comprar una hora de agua hasta a 8.000 pesetas —hace 50 años, equivalente a tres semanas de salario mínimo de la época—. Incluso compraban el agua sin precio, porque preguntaba “¿y a qué precio?”, y le contestaban “a como esté el mercado”, para después cobrarla como querían».

«Mi padre nos daba libertad para que trabajáramos, pero otros de la edad de mi padre nos decían “están locos, aquí no se puede regar con manguera, esto tiene que ser a surcos llenos de agua”» MIGUEL MORENO

Y para rematar, añade, «encima, tenía que pagarle las copas al que se las echaba en el barsito que estaba antes al lado de la recova* [en Gáldar]. Allí se juntaban los que repartían agua y los que plantaban para ir a comprar el agua. Eso se lo digo porque lo vi, que tenía yo 15 años».

El riego a manta «era un gasto enorme de agua —recuerda Miguel—, mi hermano empezó a averiguar y fuimos los primeros que pusimos el goteo aquí en estos llanos. “Tenemos que buscar alguna forma”, decíamos. Mi padre nos daba libertad para que trabajáramos, pero otros de la edad de mi padre nos decían “están locos, aquí no se puede regar con manguera, esto tiene que ser a surcos llenos de agua”. Nosotros pegamos con la manguera —mediante goteo— y todo el mundo terminó poniendo manguera. Hoy no hay nadie que riegue por un surco. ¡Nadie!».

[1] Leonor Ramos de Armas se casó con el poeta Tomás Morales el 19 de enero de 1914 en Agaete.

■ HABLAR CANARIO
Más que un airillo y las cajas, volando

«A mí y a mi hermana a hacer las cajas de cartón, que venían desmontadas, como te descuidaras un momento con el viento se iban al barranco» CARLOS MORENO JIMÉNEZ

«Cuando pusimos el goteo mi padre estaba orgullecido de sus hijos. Ahora los míos trajeron la maquinilla para plantar cebollín y yo también estoy contento porque ellos han visto la innovación de las cosas», dice Miguel Moreno.

Los tataranietos de Cha María también sienten la pasión que les ha inculcado Miguel desde que eran niños. «Cuando éramos chiquitillos mi padre nos ponía a mí y a mi hermana a hacer las cajas de cartón, que venían desmontadas. Lo que pasa es que como te descuidaras un momento con el viento se iban al barranco», ríe Carlos.

Asocaditos
«Me acuerdo que nos ponía dentro del coche —un viejo Land Rover—, que tenía un toldo atrás donde estábamos más asocaditos y mi hermano y yo íbamos haciendo las cajas, las íbamos montando en flejes y después ellos —Miguel y Dulce— se las llevaban y hacían los trabajos más brutos de llenarlas y todo eso», añade Ana.

«Cuando fuimos creciendo ya aprendimos a arrancar cebolla, a pelarlas, a llenar las cajas. Otro pisquito más que crecimos y a cargar las cajas en los pales», sigue diciendo un ventoso atardecer, con el típico «airillo» de agosto, en el que están todos limpiando las cebollas.

«Eso es cortarles el tallo y las raíces, le quitamos un poquito de cáscara y las dejamos en la tierra para que el viento termine de limpiar esa cascarilla…», sigue Ana, y concluye Carlos: «Y las tapamos con la misma rama que estamos quitando, para que no se ponga fea al aire, no le dé el sol, ni le caiga una mollizna antes de que las pongamos en las cajas».

*VOCABULARIO
cebollino. «Nombre con el que se denominaba en Canarias a la semilla de la cebolla», explica Sergio Aguiar Castellano en «La cebolla de Gáldar y el Puerto de Sardina en la agricultura canaria» (La cebolla de Gáldar. Tradición y ciencia, Cabildo de Gran Canaria, 2018).

recova. «Plaza del mercado en Tenerife, Lanzarote y otras partes de las islas» (A. O’Shanahan, Gran diccionario del habla canaria) ●

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