Fayna Brenes, bióloga en la recuperación de la lenteja majorera
«La lenteja menuda hubo un momento que se pierde en Lanzarote y se repuebla con la de Fuerteventura»

«La lenteja majorera tiene un ADN muy similar a la de los aborígenes», dice Fayna Brenes Quevedo en esta entrevista, en la que habla de su trabajo como etnobotánica recuperando la memoria de los mayores sobre las plantas medicinales y, sobre todo, la recuperación de semillas tradicionales de granos. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº148 (2ª época, marzo 2026)].
«La hierba clin es como la estrella del rock de las plantas medicinales de Fuerteventura»FAYNA BRENES

Por YURI MILLARES
Máster en agroecología por la Universidad Internacional de Andalucía y cofundadora del Observatorio de Soberanía Alimentaria de Canarias, esta bióloga nacida en Tenerife, criada en La Isleta (Gran Canaria) y descendiente de abuelos conejeros y majoreros, reside en Fuerteventura, donde ha investigado las plantas medicinales y trabaja en la búsqueda e identificación de las semillas que convirtieron a la isla en el granero de Canarias. Entre ellas está la lenteja majorera, cuyo ADN la emparenta con la que trajeron los aborígenes de la isla. Ya hay creada una Red de Guardianes de la Lenteja con niños desde 3 años en huertos escolares y mayores de hasta 90 años que la cultivan en sus casas.
| ■ OJO DE PEZ / Guardianes de lentejas minúsculas La cita tuvo lugar en su casa en Tetir, que se asoma a un pequeño huerto en el que cultiva lentejas majoreras. Alrededor, una gran llanura donde el viento mece el chirate que crece abundante. Impulsora de huertos escolares y de una red de guardianes de las lentejas por toda la isla, en la recuperación de esta legumbre, que aquí es diminuta, las edades de los participantes oscilan entre los 3 y los 90 años ● |
—Eres de Las Palmas, estudiaste Biología en La Laguna y estás en Fuerteventura buscando lentejas. ¿Cuéntame la historia?
—Soy como una mil leches canaria porque soy de tres islas y de ninguna del todo. Tutora de los huertos urbanos en Puerto del Rosario, donde vivo hace 13 años, hice un documental de las campesinas majoreras sobre plantas medicinales y un manual de plantas medicinales canarias con la Reserva de la Biosfera de la isla. Después hice un proyecto en institutos de Secundaria, con la Consejería de Educación del Cabildo, que se llamaba «Pregúntale a tu abuela». Fue súper bonito, porque trabajé en el municipio de Puerto, donde hay mucha interculturalidad: muchos de los jóvenes, que no tienen sus familias aquí, fueron al centro de mayores y conectaron con personas que no eran familia suya, o entrevistaban a una vecina.
—¿Y qué descubrieron esos chicos? ¿Qué cosas curiosas encontraron en los testimonios de sus mayores?
—Recuerdo, por ejemplo, a ese niño que se dio cuenta de que su abuelo era de La Oliva, tocaba el timple y conocía un montón de cosas. De repente pasó de «no sé quién es este señor» a sentirse súper identificado con él. Otro descubrió que su abuela había sido partera. Cosas así. También hablaron de las plantas, una realidad ajena a su entorno y de la que ellos no tenían ni idea. Participaron cinco centros educativos, imagínate, un montón de chiquillos. Los documentales se presentaron en pantalla grande en Feaga y se dieron unos premios (al más original, a los pósteres, a los vídeos).
—Eso enlaza con el trabajo que habías hecho de las plantas y su uso en la isla de Fuerteventura, algo que se está perdiendo. ¿Estaba más en el ámbito de las mujeres, que eran quienes las cocinaban?
«La etnobotánica humana se ha aprendido viendo a los animales, que por instinto usan las plantas sin que nadie les haya dado un curso de plantas medicinales»
—Principalmente, porque, al final, la salud y el cuidado de la familia ha estado en manos de las mujeres. Pero hay un tema muy interesante que tiene que ver con la etnobotánica en Canarias, y en Fuerteventura en particular, por ser una isla tan ganadera. Y es que los pastores, que mayormente eran hombres por el tema de la movilidad, tienen un gran conocimiento etnobotánico. Gran parte de la etnobotánica humana se ha aprendido viendo a los animales, que por instinto usan las plantas sin que nadie les haya dado un curso de plantas medicinales. Ahí hay está ese aporte de parte de los hombres y luego, la mujer en el ámbito familiar agrícola (que algunas también salían a pastorear, pero no era lo más frecuente) solía tener un huertito de esas plantas medicinales cultivadas que han acompañado a la humanidad: el romero, la rudas. Pero también se hace mucho uso de plantas medicinales silvestres.
—Estamos en un archipiélago con una vegetación autóctona, pero también endémica, en donde cada isla tiene sus propias plantas. ¿Cuáles se aprovechaban? Ayer vi a un agricultor recoger hierba clin que salía silvestre entre su viña en el Valle de Santa Inés.
«El preparado de hierba clin, conservilla y estrella del mar es como el gran pack medicinal en Fuerteventura»
—Yo siempre digo que la hierba clin es como la estrella del rock, la famosa de las plantas medicinales de Fuerteventura. También está en Gran Canaria, Tenerife y La Palma, aunque muy reducida por la sobrepoblación y la destrucción del hábitat. Pero en Fuerteventura se da de manera natural. No conozco a nadie que la cultive, siempre hay que ir a buscarla y se seca, para catarros fuertes, bronquitis, pulmonías, neumonías.
“Hay un preparado que se hace con tres hierbas que incluye a la hierba clin y contiene salvia (la Salvia aegyptiaca, autóctona en Fuerteventura, que crece de manera natural en fondos de barrancos y la llaman conservilla, una planta preciosa con unas flores delicadas y de sabor ya que en las zonas áridas las plantas concentran el sabor) y estrella del mar (la Plantago coronopus, con una roseta basal y las típicas inflorescencias del llantén). Se utilizan juntas para procesos gripales, catarros, etcétera, son como el gran pack medicinal en Fuerteventura.
“Pero hay otras cosas. Cuando hice las entrevistas me hablaron de un montón de plantas y estuve recogiendo mucha información que luego contrastaba con bibliografía. Y sólo hubo una planta que no encontré, una planta muy interesante que se llama Lamarckia aurea. Es una gramínea pequeñita, que parece un plumerito y la llaman hierba perro. No la encontré en ninguna publicación, pero me la nombraron varias señoras como antidiarreico. Un recurso muy importante en un momento en el que no existían farmacias ni médicos en la isla: una diarrea te podía llevar a la tumba, porque es una deshidratación potente. Aparte de las hojas de guayabero, que también se usaban para el mismo fin, la hierba perro fue un descubrimiento porque no está recogido.
—¿Localizaste la planta?
—Sí, claro. Y aparece en el Manual.
—¿Hablamos siempre de infusiones o algunas se utilizan de otra manera?
«Una antigua costumbre majorera era dar a los bebés, al poquito de nacer, una gota de leche de aulaga para “fortalecerles”»
—La hierba clin con conservilla y estrella del mar la suelo preparar, como me explicaron, más en decocción que en infusión cuando son procesos fuertes. Aunque si utilizo sólo la conservilla, al ser una salvia, alivia el estómago en infusión. Pero hay otro tipo de plantas o de remedios que se utilizan en emplastos sobre la piel, como las hojas del mimo, calentándolas en la sartén, para problemas estomacales o para cauterizar heridas. Al final estamos hablando de una isla que la mayor parte del tiempo tiene muy poca vegetación. Este invierno que hay mucha hierba se pueden recolectar más especies, pero lo que tenemos normalmente son tarajales, palmeras, tabaibas, veroles, aulagas. Recogí el testimonio, cuando estaba haciendo el documental, de una antigua costumbre majorera que era dar a los bebés, al poquito de nacer, una gota de leche de aulaga para «fortalecerles» (imagino que fortalecer el sistema inmune).

—En una isla desértica como esta, cuando llueve hay una explosión vegetal, pero el resto del año los recursos son más limitados ¿Qué se hacía para disponer de esas hierbas medicinales, se secaban, se guardaban?
—Las guardaban, las secaban y también tengo recogido un jarabe hecho con la decocción de siete hierbas con almendras y azúcar, que se colaba y se tenía para el invierno.
—Ahora que nombras la almendra, ¿has estudiado el tema de los almendreros en Fuerteventura? No se conoce, pero había una gran presencia en muchos barrancos de la isla y era muy utilizada en la gastronomía de la isla, loque pasa es que se han secado.
—Sí, se han perdido. Yo llegué a la isla hace 13 años y hubo dos años muy buenos, pero después ha habido una sequía enorme y han muerto un montón de árboles que estaban en barrancos, en vaguadas, en gavias. Pero tiene sentido, esta señora que me habló del jarabe tiene 90 años y me contaba que lo hacía su madre cuando ella era pequeña.
«Tengo en busca y captura a la cebada majorera, no la encuentro»
—Tenemos las hierbas, pero también tenemos los granos, por los que la isla era famosa. Aquí ya hablamos de alimentación: chícharos, garbanzos, lentejas, todo eso. Has estudiado la lenteja, ¿algún otro grano? Muchos de ellos están casi perdidos, o sin ‘casi’.
—Hubo un trigo majorero del que habla mucho la gente mayor que se perdió. Igual que la cebada majorera, que también fue un cultivo muy importante, incluso para hacer los pajeros porque tiene propiedades para evitar la pudrición que provocan los insectos. Tengo en busca y captura a la cebada majorera, no la encuentro. Del trigo ya desistí porque llevo años y, por ahora, no hay señales de vida. Los garbanzos hasta donde sé se están comprando en cooperativas; las arvejas igual. Y con los chícharos hay una mezcla de orígenes de lo que se está sembrando.
—Esos garbanzos y arvejas de cooperativas vienen de fuera.
«Los granos se pican y se pierden, la lenteja tiene la ventaja de que es la que más tiempo aguanta»
—Exacto. Se perdió la variedad de aquí y lo que se está sembrando ya no es nuestra variedad. Y con los chícharos creo que habría que hacer un estudio genético, porque también se produce en otras islas y no sé si es el mismo o está mezclado
—¿Y las lentejas?
—El grano tiene un periodo de vida útil y luego se pica. Los granos que antes se pican antes se pierden, la lenteja tiene la ventaja de que es la que más tiempo aguanta y puede volver a germinar. Es lo que ha hecho que se haya mantenido la misma semilla. Y es casi un milagro, porque podríamos haber traído lentejas de Lanzarote o de cualquier otro lado.
—¿Han comprobado que es distinta a la de Lanzarote?
—Sí, además es muy interesante. Cuando se hicieron los estudios genéticos, una hipótesis era que la lenteja que hay en Fuerteventura (como otras lentejas tradicionales de Canarias), pudo venir con los conquistadores. Pero los análisis los repiten porque no se lo terminaban de creer, en plan «estas PCR no están bien hechas». Lo que ven es que las variedades de lentejas tradicionales canarias, sobre todo la majorera, tienen un ADN muy similar a la lenteja que aparece en los yacimientos aborígenes.
«En Lanzarote, ahora mismo, existen tres variedades de lentejas: la menuda, la mediana y el lentejón»
“Aquí aparece lenteja en Villaverde. En Gran Canaria aparece en el Cenobio de Valerón, que es de donde se sacó el material genético para hacer el estudio. Y una de las cosas que estamos viendo es que en Lanzarote, ahora mismo, existen tres variedades de lentejas: la menuda, la mediana y el lentejón. ¿Por qué ahí hay tres variedades en Lanzarote y en Fuerteventura solo una?, me preguntaba. Hablando con los genetistas, me dicen que la lenteja menuda, la más antigua, hubo un momento que se pierde en Lanzarote y se repuebla con lenteja de Fuerteventura.
“Para los estudios genéticos también se cogió lenteja de norte de África y lenteja de Península Ibérica y lo que se descubre no es que la lenteja canaria tenga una impronta genética de la que vino de Europa o del norte de África. ¡Es al revés! Las lentejas de allá están marcadas genéticamente con la nuestra, porque hubo un momento en que hubo tanta producción que se exportó. Tiene sentido, si lo enlazamos históricamente con esa época en la que Fuerteventura era el granero de Canarias.
«Mi hipótesis es que la “lenteja Lanzarote”, que es el nombre de una variedad, viene de esa época en la que se exportó desde Lanzarote y Fuerteventura tanta legumbre, que se quedó el nombre»
“Date cuenta que el cereal se plantaba en lo que llamamos las tierras de fuero, las tierras negras, las cadenas; pero todo lo que es gavia era de legumbre. Mi hipótesis es que la «lenteja Lanzarote», que no es la cultivada en Lanzarote, sino el nombre de una variedad, viene de esa época en la que se exportó desde Lanzarote y Fuerteventura tanta legumbre, que se quedó el nombre de Lanzarote. Y en Fuerteventura, que siempre ha estado más aislada y ha sido más pobre, las campesinas guardaban sus lentejas para no morir toda la familia, porque la alternativa era irse.
“Entonces, en algún momento, en Lanzarote aparecen lentejas de mayor tamaño. Son hipótesis, pero la mediana o el lentejón puede que sean híbridos y tengan orígenes distintos, y de la menuda, que estaba emparentada con la majorera, casi no queda. En Fuerteventura, por algún misterio, no entró ninguna otra lenteja. Sólo estaba la majorera chiquitita rosadita. Y con esa nos quedamos hasta la actualidad, que estamos en 2026.
—Es la más antigua de Canarias, entonces.
—Ahora está en marcha la segunda parte del proyecto de investigación, que financia el Gobierno de Canarias. Hay un equipo del que forma parte la genetista sueca Jenny Hagenblad, el arqueobotánico Jacob Morales y yo como agroecóloga; como coordinador está Eugenio Reyes Naranjo, del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo, que también coordina otros proyectos de recuperación de semillas indígenas en las Islas. De hecho este año vamos a trabajar con la cebada de Artenara, un proyecto que está promovido por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en el marco del área Unirural de apoyo a zonas rurales de municipios en riesgo de despoblación, para promover la comunidad y la reactivación del sector primario.
«Dentro de las variedades canarias de lentejas, la majorera es de las más antiguas, si no la más»
—Identificada la lenteja majorera, publicada en revistas científicas. ¿Cuál es el siguiente paso?
—El proyecto que se hizo sacó la genética de la lenteja de los yacimientos y se estudiaron variedades tradicionales canarias. Dentro de esas variedades, la majorera es de las más antiguas, si no la más. Y ahora, en la segunda parte del proyecto, se va a hacer un estudio más en profundidad de cada variedad. Todo forma parte del mismo plan, el Proyecto de Recuperación de la Lenteja Majorera.
—La parte de recuperación de la semilla creando huertos, ¿cómo se está haciendo?
—Fue complicado al principio, porque no se conseguía semilla por ninguna parte. Un señor de Tetir y una señora originaria de Villaverde pero casada en Tetir, Juan Cabrera y Lupe Balsera, tuvieron a bien darme las primeras muestras, un puñito de lentejas que tenían en casa. Con el puñito de Lupe hicimos las primeras siembras en los colegios públicos del Valle Santa Inés y de Betancuria. Con las de Juan, un señor de ochenta y pico años que cuando lo visité estaba en la era aventando, ajeno al tiempo y a las redes sociales, preparé un potaje de lentejas de la receta de una abuela de Betancuria para cerrar el curso escolar con los niños del Valle de Santa Inés. Daba gusto verlo, el amor a la tierra, a lo que ha hecho siempre. Ese vínculo emocional con la tierra no se ha perdido, porque si no…
«A los niños les explico nociones básicas de agricultura tradicional majorera y luego vuelvo y preparamos la huerta»
“El proyecto con los niños empezó en el aula, explicándoles nociones básicas de agricultura tradicional majorera (las gavias, los nateros, el cereal, el grano). Les llevé semillas para que las vieran y les hablé de la lenteja, todo para dejarles el gusanillo. Volví otro día y ya preparamos la huerta desde cero: hicimos una gavia para que vieran cómo era, introduciendo algunas innovaciones agroecológicas sostenibles para poder seguir cultivando la lenteja majorera de manera regular y desligar la producción de los años de lluvia.
“Porque el cultivo tradicional de la lenteja es en gavias después de las primeras lluvias. De hecho, el dicho dice «la lenteja para la primera reja». Se siembra a voleo, se deja allí, luego se arranca, se trilla y se aventa, que se lo enseñamos a los niños. Pero también es interesante introducir algunas innovaciones para que el cultivo no sea tan estacional. Sobre todo teniendo en cuenta el contexto que tenemos de desertización y de cambio climático. Las lluvias son cada vez más escasas, como sabe perfectamente la gente mayor. Es una de las causas del abandono de la agricultura en Fuerteventura, que siempre ha sido de secano.
«Los huertos piloto están funcionando muy bien porque estamos implicando a toda la comunidad educativa»
“Por eso, con el alumnado de estos dos centros, en Valle de Santa Inés y Betancuria, dentro de las gavias trabajamos con surcos profundos. Además, sembramos fuera de fecha, en abril, tras el inicio del proyecto en marzo y queríamos que los niños pudieran sembrar la lenteja antes de acabar el curso. Me arriesgué para conseguir que la lenteja germinase, florezca y pueda granar. Y lo conseguimos. Dentro de las gavias enriquecimos los surcos con estiércol de caballo bastante fermentado, para que no fuera ácido y mejorara la estructura de los suelos arcillosos de Fuerteventura, que son bastante duros. Después lo acolchamos con una capa de paja y con apoyo de riego conseguimos sacar lentejas en verano: las recogimos en septiembre.
“Son huertos piloto que están funcionando muy bien porque estamos implicando a toda la comunidad educativa. Venían madres y padres a regar, el profesorado está implicado. Cuando hicimos el potaje vino toda la familia, porque las familias también pueden ser guardianas de las lentejas.
“En el Valle de Santa Inés y en Betancuria ya tenemos una segunda generación de lentejas, que están bastante hermosas ya, florecidas y granadas. Dentro de poquito las recogeremos. Y el pasado septiembre empezamos a trabajar también con otros centros de la isla donde hay lentejas sembradas.
«En la Red de Guardianes de la Lenteja tenemos más de 50 productores»
—¿Siempre en colegios?
—También en institutos, centros de profesorado, centros de adultos. Hay que intentar abarcar el mayor número de centros educativos posible, porque es una manera rápida de difundir y vincular la lenteja entre un número grande de personas. Es un recurso educativo increíble. Y ellos encantados. Los centros educativos que forman parte de la Red de Guardianes de la Lenteja tienen una labor educativa de difusión. Pero también hay productores a título individual que quieren ser guardianes de la lenteja majorera. Ya tenemos más de 50.
—¿Ah sí? Son un montón.
—Demasiado —ríe—, porque yo les asesoro y hago un seguimiento de todos los cultivos. Se les hace un préstamo de 50 gramos, les damos unas indicaciones básicas de cómo es la siembra y hacemos un acompañamiento hasta el final del proceso, cuando nos tienen que devolver 75 gramos para seguir haciendo préstamos y recuperar la semilla.
—¿Se trabaja también en la recuperación de recetas?
—Es la otra pata. Ahora mismo hay un restaurante, Chirate, en el que la estamos moviendo para que se popularice y divulgue el producto. Al final, si estás trabajando con la recuperación de una semilla ancestral, tienes que hacer una labor de divulgación enorme para que todo el mundo sepa lo importante que es, lo rica que está, lo nutricionalmente buenísima que es y todo el valor que tiene a nivel histórico. Si quieres que el proyecto funcione, la idea es que se produzca y se consuma. En este sentido, la restauración tira mucho de eso, con recetas tanto antiguas como innovadoras.
“Como parte del proyecto (además de un manual del cultivo de la lenteja, tanto tradicional como con innovaciones como el acolchado o el riego), queremos sacar un recetario con la lenteja, uno de los primeros alimentos cultivados de la humanidad. Es una planta súper productiva, súper agradecida.
—Y de crecimiento rápido.
—Sí. Tres meses. Crecimiento rápido y adaptación prácticamente a todo tipo de suelos. La majorera, ni te cuento, que está adaptada a un clima semidesértico: los factores limitantes de su cultivo son el exceso de humedad o de frío, pero en cuanto empieza a salir el sol están perfectas, porque aquí también hace frío. Tenemos guardianes de la lenteja en Anaga (Tenerife), donde en zonas de costa como Benijo están bien, pero en zonas de umbría más frías la pobre todavía no ha salido, está asustada.
«Una lenteja da cien lentejas. Es una productividad altísima y a nivel nutricional ya se sabe que la lenteja es maravillosa»
—¿Cuántas lentejas da una lenteja?
—Le pregunté a Juan Cabrera y me dice: «Cuéntalas». Conté 50 vainas en una planta y cada vaina tiene dos lentejas pequeñitas. Es decir, que una lenteja da cien lentejas. Es una productividad altísima y a nivel nutricional ya se sabe que la lenteja es maravillosa, tiene mucho hierro y mucha fibra. Queremos hacer un análisis nutricional completo, porque tengo la sospecha de que va a dar resultados increíbles, por lo que te comentaba antes de que las plantas de zonas desérticas concentran mucho los fitoquímicos —compuestos naturales producidos por las plantas, beneficiosos para la salud humana por sus propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y anticancerígenas—. Para gastronomía tiene una estructura y unas propiedades organolépticas increíbles. El chef Iván Rodríguez [del restaurante Chirate, en Giniginamar], que la llevó a la feria Madrid Fusión 2026, nos decía que se mantiene entera (no se rompe, no se abre) y con mucho sabor, «tiene una presencia que le puse burgados, mejillones, pulpo, morena, aceite, vinagre y seguían sabiendo a lentejas… Tus lentejas tienen mucha personalidad», me dijo.
—Esos 50 guardianes de las lentejas, ¿son agricultores, gente mayor, gente joven, hay de todo?
—Hay de todo. Nuestra guardiana de más edad tiene 90 años, Dominga (de Tindaya), y tenemos gente muy jovencita, de apenas 18 años recién cumplidos. Bueno, y más pequeños en los colegios: la guardiana más pequeña tiene tres años —ríe—. O sea, que de tres a noventa años, imagínate. Tenemos agricultores profesionales (los menos), agricultores a tiempo parcial, estudiantes de ciclos de agricultura y ganadería y un montón de aficionados, gente que lo ha querido sembrar incluso en macetas. El perfil es bastante variado, la verdad.
—Última pregunta, un recuerdo dulce.
—Pues mira, el recuerdo dulce que me acaba de venir es la primera vez que bebí leche de cabra recién ordeñada, directamente del cacharro y entre el olor de la gallanía. A mí me encanta. Lo enlazo con la primera vez que me dieron arroz con leche en Fuerteventura. «Tú no has probado un arroz con leche si no has probado el arroz con leche de cabra», me dijeron. Efectivamente, qué cosa más deliciosa, ese es mi recuerdo dulce.



