Islands Wines Summit, concierto vitícola de primera en Tenerife

Una cumbre mundial de vinos insulares del Atlántico y el Mediterráneo que muy bien podía haber tenido como localización a Madrid, Londres, París o Nueva York, por citar ejemplos, pero que reunió a importantes figuras de la vinicultura y la sumillería en Tenerife, destaca Francisco Belín en esta entrega de «Chip de morena». [En PELLAGOFIO nº 152 (2ª época, julio 2026)].
Paz Levinson llamó la atención sobre la dificultad de incorporar vinos extranjeros en el mercado francés, donde las cartas están copadas por referencias locales
Por FRANCISCO BELÍN
Periodista gastronómico
ETras el privilegio de haber vivido en primera persona el reciente Islands Wine Summit, en el auditorio del Gran Hotel Taoro del Puerto de la Cruz y otros escenarios (bodegas y terruños), la crónica intensa. Parte de la élite mundial del sector vitivinícola se dio cita en una cumbre que muy bien podía haber tenido como localización a Madrid, Londres, París o Nueva York, por citar ejemplos. Imponente espacio, también, para remarcar ideas y cátedras acerca de elaboraciones de las islas: Sicilia, Chipre, Azores, Cerdeña, Grecia, Cabo Verde o Madeira y los anfitriones, Tenerife (Canarias).
El tiempo voló, literalmente, entre recambios de copas y relevos de participantes en el escenario principal en el que participaron numerosos representantes canarios (Roberto Santana, Jonathan García, Borja Pérez, Rodrigo González) alrededor de extraordinarias ponencias-catas que profundizaron en joyas vitícolas cada vez más posicionadas en las demandas de la alta restauración en todo el planeta.
Jamie Goode fundamentó sus convicciones acerca de la ‘minerality’ supuestamente atribuible a los vinos de territorios insulares
La mineralidad. Evidentemente, este fue un ítem persistente en el despliegue organizado por Vocento Gastronomía y el Cabildo de Tenerife (Turismo y Agricultura). «¿Realidad sensorial o construcción de los catadores?» fue el título de la ponencia del periodista y experto Jamie Goode, que fundamentó sus convicciones acerca de esta clave (supuestamente atribuible a los vinos de territorios insulares) que se acuñó en el lenguaje técnico allá por el año 2000, pese a su primera aparición documentada en 1945.
Lanzó la consideración de un concepto que se usa de forma masiva en notas de cata y prensa especializada. «Sigue siendo difícil de definir y no responde a una única molécula o parámetro químico, aunque el término minerality se asocia a tres grandes familias de descriptores: términos ligados a piedra (pedernal, tiza, piedra caliente); sensaciones de paladar (acidez, tensión, frescura); y referencias marinas (salino, yodo, algas, concha)».
En resumen, esta lógica permite entender que la mineralidad pueda surgir de combinaciones variables de decenas de compuestos sin un «santo grial» único y, al abordar la relación con el suelo, Goode se distanció del mito de «probar la tierra en la copa», aunque sí defendió que los diferentes tipos influyen profundamente en el perfil del vino. Por cierto, muy curiosa la cata que propuso de una elaboración japonesa, entre otras, con la que el ponente reivindicó la importancia de aceptar cierta imperfección y «tensión» (al estilo nipón del wabi-sabi) como parte de la belleza de un vino.
François Chartier, que cuestionó la idea tradicional de que la mineralidad procede directamente de la roca
No solo un dato físico. La mineralidad del vino como una experiencia neurosensorial constituyó la base de la intervención de otro prestigioso especialista, François Chartier, que cuestionó la idea tradicional de que ésta procede directamente de la roca. La presentó como una percepción compleja más que como un sencillo elemento físico. «Nace de la interacción entre geología, microbioma del viñedo, moléculas aromáticas, textura en boca, memoria sensorial y emoción del catador», afirmó.
A partir de muestras de vinos de Tenerife y de la isla griega de Tinos, mostró cómo paisajes, suelos y climas muy distintos pueden hace saltar impresiones sorprendentemente equivalentes. Fundamentándose en investigaciones recientes, defendió que «la mineralidad no se reduce a una molécula concreta, sino que resulta de un entramado de estímulos químicos, táctiles y cognitivos».

Jurassic Park. El director técnico del encuentro y Master of Wine español, Fernando Mora, presentó a Tenerife como un territorio vitivinícola único, resultado de la ecuación «insularidad más vulcanismo». Explicó cómo «la latitud cercana al Sáhara y la cordillera volcánica moldean el clima: alisios cargados de humedad en el norte, sequedad y mayor insolación en el sur, con el icónico mar de nubes condicionando insolación y pluviometría».
Mora realizó un repaso didáctico del ciclo de las rocas y de los jóvenes suelos volcánicos de la isla, ricos en hierro y magnesio, pero de compleja disponibilidad para los viñedos. Subrayó, además, la diversidad de altitudes (400-1.600 m), de microclimas y de materiales, así como las seis denominaciones de origen y el patrimonio de variedades locales y viñas viejas en pie franco, verdadero Jurassic Park de la viticultura.
Roberto Santana encumbró a la variedad listán prieto en Tenerife, reivindicándola como uva de futuro por su resistencia al calor
La sala, relevante. La argentina Paz Levinson, hoy al frente de la sumillería del grupo Anne-Sophie Pic en Francia, moderó un encuentro entre tres productores clave de la Macaronesia, Jonathan García Lima (Suertes del Marqués, Tenerife), Roberto Santana (Envínate, Tenerife) y António Maçanita (Azores Wine Company, Azores). Levinson llamó la atención sobre la dificultad de incorporar vinos extranjeros en el mercado francés, donde las cartas están copadas por referencias locales, y cómo los vinos de islas —con un 30% de presencia en algunas de ellas— se han convertido en umbral de entrada para España y Portugal en la alta cocina.
Todos coincidieron en que el atractivo de estos vinos no se basa en un marketing agresivo, sino en la autenticidad sustentada en la viticultura tradicional, pie franco, secano y suelos volcánicos extremos. Precisamente en el ámbito de los tintos, Santana encumbró a la variedad listán prieto en Tenerife y su parentesco con americanas como país y criolla chica, reivindicándola como uva de futuro por su resistencia al calor, moderación alcohólica y taninos flexibles.

«Las emociones interfieren en la calidad del vino», enfatizó, mientras guiaba una cata con vinos seleccionados, algunos de ellos pioneros, y con una reflexión final: «La sensibilidad como valor esencial del futuro y el vino como herramienta de conexión con la naturaleza».
Guardián del Vino. El congreso especializado presentó la nueva figura del «guardián de los vinos de Tenerife», un embajador anual encargado de custodiar y difundir la identidad vitivinícola de la isla fuera de su territorio. Recayó, por unanimidad, en el sumiller Miguel Ángel Millán, que agradeció el reconocimiento y se comprometió a ejercer como embajador de los viticultores de la isla, destacando el presente extraordinario y el futuro «absolutamente brillante» del vino tinerfeño.
De la experiencia personal con los vinos dulces, me fascinó particularmente el Passito de Donnafugata (Pantelleria, Sicilia) elaborado con vendimia escalonada, uvas pasificadas y fermentación en acero. El master sommelier Matteo Montone, director de vinos del Grupo Mesón Steel, ofreció una cata didáctica y técnica de cinco vinos dulces procedentes de Tenerife, la citada Pantelleria, Cefalonia y Santorini. En la elaboración de la citada isla italiana, el experto aludió al singular sistema de albarello pantesco, Patrimonio de la Humanidad, un sistema que protege las cepas del siroco y el calor extremo.
No menos seductor me pareció el Moscato de Petra Kopulos (Grecia), donde las uvas se secan en gratichi de madera, evitando el sol directo, para obtener un vino de unos 13,5-14º, 110 gramos de azúcar y gran frescura


