
En griego, en latín, en guanche y en lengua romance se ha nombrado de muchas maneras a El Hierro, durante un tiempo «la Séptima Isla» no por su tamaño sino por desconocida, afirma el filólogo e investigador Maximiano Trapero, catedrático emérito de la ULPGC en este artículo especial para PELLAGOFIO. [En PELLAGOFIO nº 152 (2ª época, julio 2026)].
En lengua guanche se la llamó Esero por lo inaccesibles que eran sus acantilados

Por YURI MILLARES
De muchas maneras y en lenguas varias se nombró a la isla de El Hierro en la antigüedad, y cada una de ellas por una característica particular que la isla tenía. En griego, para unos, fue Ombrion, «la del agua llovediza», y, para otros, Capraria (errata de Sauraria), «la de los grandes lagartos». En latín se la llamó Pluvialia o Pluvitina, como traducción del nombre griego primero. Después, en lengua guanche, se la llamó Esero o Hero, lo primero por lo inaccesibles que eran sus acantilados y lo segundo por los charcos en que se recogía el agua de aquel árbol prodigioso «que manaba agua».
Más tarde, ya en lengua romance, aparece con los nombres de Fer o Fero en los primeros mapas del siglo XIV, a la vez que en las escrituras con el nombre de Hierro y El Hierro, que es como hoy se la llama. Algunos dicen que por la forma de herradura del litoral de El Golfo, pero yo, al igual que Viera y Clavijo, creo más bien que por el color ferruginoso de sus tierras volcánicas.
Tuvo también en un tiempo el nombre de Isla del Meridiano, por ser el punto más occidental del mundo conocido hasta el descubrimiento de América, y ser el punto cero imaginario desde el que contar la longitud del universo, hasta que los ingleses se lo llevaron a Greenwich en 1884.
Mil volcanes pueden contarse en su suelo que han vomitado lavas de toda densidad, formando un paisaje de lajiares único en el mundo
Modernamente se la ha llamado la Séptima Isla, no tanto por ser la más pequeña del archipiélago canario, hasta que se le ha dado el título de «isla» a La Graciosa, cuanto por ser la más desconocida. Y por siempre ha tenido el nombre de la Isla del Garoé. Con él ha entrado en la mitología, siendo el garoé un árbol que «manaba un agua hermosa y clara», que bastaba para abastecer a la isla, hasta que un temporal lo derribó en 1610. Tan famoso fue que de él dijeron algunos ilustrados del Siglo de las Luces que solo el Árbol del Bien y del Mal del Paraíso lo sobrepasaba.

Existe un bosque de sabinas milenarias que se retuercen igual que las lavas de los lajiales
Mientras, en un extremo de la isla, en La Dehesa, existe un bosque de sabinas milenarias que, debido a la acción de un viento constante e inmisericorde, se retuercen igual que las lavas de los lajiales.
También lagartos gigantes antediluvianos que son la atracción de todos los científicos; misteriosas inscripciones líticas en El Julan, hechas por los bimbapes aborígenes, que siguen desafiando a arqueólogos, a antropólogos y a lingüistas; un mundo submarino de tal riqueza faunística y de claridades tan sorprendentes que resulta atracción mundial para los submarinistas… Y sobre todo tiene la isla de El Hierro una calma tal que pareciera la supervivencia de una de aquellas Arcadias de la antigüedad clásica; un silencio tan intenso, una soledad tan querida, que solo el latir del corazón acompaña los pasos de quienes caminan por ella.
Nada tiene de extraño, pues, que cuando se creara el primer Patronato de Turismo de la isla, allá por la década de los 80 del siglo XX, a modo de reclamo turístico, se eligiera un eslogan muy acertado para ella: «El Hierro, donde hay lo que ya no hay»


