La reboleada vida de Heraclio Niz, el Pollo de Arrecife

«Para miles de turistas que llegaban por primera vez a Lanzarote, Heraclio Niz no era un actor. Era el policía de uniforme blanco impecable y salacot resplandeciente», escribe Míchel Jorge Millares del lanzaroteño que aparece vestido con pieles en la película ‘Hace un millón de años’, en esta entrega de la serie de fotografía antigua de Canarias «Baúl del lector». [En PELLAGOFIO nº 152 (2ª época, julio 2026)].
Su verdadera leyenda nació en La Isleta (Gran Canaria), a donde emigró desde Lanzarote
Por MÍCHEL JORGE MILLARES
El mundo conoció a Heraclio Niz Mesa, el Pollo de Arrecife, a través de las pantallas de cine y televisión. Fue uno de los guanches de Tirma y, años después, volvió a vestir pieles para compartir escena con Raquel Welch en Hace un millón de años. Aquellos papeles de hombre primitivo, entre el «pueblo de las piedras» y el de «las conchas», lo convirtieron en un rostro habitual de los rodajes que durante las décadas de los sesenta y setenta encontraron en Lanzarote un escenario natural privilegiado. Desde entonces apenas hubo producción cinematográfica importante filmada en las Islas en la que no apareciera aquel hombre corpulento, cuya presencia resultaba tan auténtica como el paisaje volcánico que lo rodeaba.
Su aspecto de gigante bonachón imponía respeto, pero bastaban unos segundos para descubrir a una persona cordial, siempre dispuesta a resolver un problema, incluso ofrecer alojamiento en su propia casa
Sin embargo, para miles de turistas que llegaban por primera vez a Lanzarote, Heraclio Niz no era un actor. Era el policía de uniforme blanco impecable y salacot resplandeciente que los recibía con una sonrisa permanente en las inmediaciones de la Casa Amarilla (antigua sede del Cabildo), o junto al entonces Protucasa Arrecife Gran Hotel. Su aspecto de gigante bonachón imponía respeto, pero bastaban unos segundos para descubrir a una persona cordial, siempre dispuesta a orientar al visitante, resolver un problema o, si era necesario, ofrecer incluso alojamiento en su propia casa a quienes llegaban completamente desorientados.

Pero antes de convertirse en símbolo de la isla moderna hubo una infancia marcada por las dificultades. La familia emigró desde la aldea de Máguez hasta el barrio de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, donde Heraclio se convirtió en motivo de orgullo para aquella «emigración conejera», como la definió su amigo, el escritor y vecino portuario Leandro Perdomo. Allí comenzó realmente su leyenda.
Leyenda de la lucha canaria
Fue la lucha canaria la que le abrió las primeras puertas de la popularidad. Sobre el terrero destacó por reunir las virtudes que distinguen a los grandes luchadores: fuerza, equilibrio, agilidad y una extraordinaria capacidad para ejecutar la reboleada, una de las mañas más completas y espectaculares de este deporte tradicional. Su carácter abierto, desinhibido y extrovertido hacía el resto. Era rápido para el chiste, aficionado a la poesía y poseía una simpatía natural que lo convertía en el centro de cualquier reunión. Solía reconocer que sólo había una cosa que le producía verdadero miedo: subir a un avión.
La fama conquistada sobre la arena del terrero acabaría llevándolo delante de las cámaras. Su corpulencia y sus rasgos físicos lo hacían perfecto para interpretar guerreros, aborígenes o personajes de apariencia primitiva en las grandes superproducciones internacionales que recalaban en Canarias. Participó en Tirma junto a Silvana Pampanini y Marcello Mastroianni; compartió rodaje con Raquel Welch; viajó cinematográficamente junto a Omar Sharif hasta el universo del capitán Nemo y sumó cerca de una veintena de películas.
El mundo lo identificó como un hombre de la Edad de Piedra mientras en Lanzarote se convertía en uno de los símbolos de la modernidad que comenzaba a transformar la isla
Paradójicamente, el mundo lo identificó como un hombre de la Edad de Piedra mientras en Lanzarote se convertía en uno de los símbolos de la modernidad que comenzaba a transformar la isla. Pocas personas tuvieron la oportunidad de tratar con tanta naturalidad a las grandes figuras del cine internacional, a artistas, escritores, empresarios y personalidades que recalaban en el Lanzarote de los años sesenta y setenta. Junto a César Manrique fue uno de los personajes más reconocibles de aquella isla que sorprendía al mundo por su belleza, su paisaje y su singular forma de entender el desarrollo.
Sin proponérselo, Heraclio Niz terminó siendo el puente entre dos Lanzarotes. La isla humilde que todavía recordaba las penurias de la emigración y la isla abierta al exterior que comenzaba a vivir la revolución turística. Mientras unos lo admiraban como luchador y otros lo reconocían por sus apariciones cinematográficas, miles de visitantes lo recordaban simplemente como aquel policía amable que los había ayudado al llegar. Ningún guion habría podido imaginar un papel tan importante.
Atrás habían quedado los años de La Isleta y del arrecife de Las Canteras, inmenso en comparación con el pequeño charco donde los niños de Arrecife hacían navegar sus jolateros construidos con latas. La vida había dado muchas vueltas, tantas como una reboleada ejecutada sobre el terrero, hasta convertir al muchacho de Máguez en uno de los personajes más queridos de Lanzarote.
Si la isla contara con un paseo de la fama propio, su nombre merecería una estrella con forma de volcán: un reconocimiento tan singular como la tierra que lo vio nacer y a la que dedicó toda una vida


