Las plataneras recuperan su sitio sobre la lava del Tajogaite
Sorriba, abonado, plantación... La Palma reconstruye las fincas que sepultó el volcán

Comienza la zafra del plátano de 2026 justo cuando se cumplen cinco años de la erupción del volcán Tajogaite. Los agricultores afectados continúan sorribando, plantando y viendo crecer de nuevo sus plataneras en las mismas fincas que la lava sepultó, al disponerse de las coordenadas georreferenciadas por satélite. [En PELLAGOFIO nº 154 (2ª época, octubre 2026)].

La zafra del plátano «suele durar desde finales de septiembre hasta marzo. Ahora estamos en 100 o 110 mil kilos diarios y llegaremos a los 130 y 140 mil. Cuando no hay zafra, que es en verano, nos quedamos en la mitad de esa producción», explica Hernán Rodríguez Lorenzo. Agricultor con una pequeña finca de plataneras que cuida y mima, trabaja como encargado de atención al productor —«desde que esto empezó», dice por el volcán— en Europlátano (organización que agrupa a 670 socios agricultores de La Palma, Tenerife y El Hierro).
Veterano trabajador en el empaquetado que tiene Europlátano en Los Llanos de Aridane, el 19 de septiembre de 2021 estaba de encargado de personal cuando vino el volcán «y se nos llevó un 20% de las fincas; ahora estoy de atención al productor, más que nada por la experiencia que tenía, llevaba toda la vida trabajando y conozco todo el proceso, a todos los agricultores, a todos los aparceros».

En los municipios de Los Llanos y Tazacorte «el 80% de la gente vivimos del plátano o casi: trabajan en la finca, en los camiones, en un empaquetado o en algo relacionado con el plátano». La experiencia de vivir una erupción con su capacidad destructiva fue muy dura. Su propio hijo acababa de invertir en la compra de una finca para dedicarse al cultivo de este fruto y de repente se vio sin nada. A los que perdieron sus fincas les pagaron, detalla Hernán, «44 euros por cada metro cuadrado». Tardó en llegar, pero sirvió para amortizar las deudas de los agricultores con los bancos, «eso sí es verdad, las cosas como son».
Cuestión de ánimos
Saldada la deuda que le asfixiaba, como a tantos otros vecinos en su situación, su hijo ha tenido que empezar de cero otra vez, pedir un nuevo crédito y volver a hacer la finca. «Un 75% de los agricultores afectados quieren volver a reconstruirlas —dice con orgullo Hernán viendo el ejemplo del hijo, que sigue luchando por su sueño—, pero hay un 25% que han dicho que no. Está el coste y están los ánimos de la gente, y hay gente que no tiene ya ánimo». Ahí hay personas muy mayores para emprender de nuevo, o a quien no le es viable hacerla porque su finca es muy pequeña, o muchas razones más.
Pasados cinco años desde la erupción, más de la mitad de las fincas que quedaron sepultadas por las coladas están recuperadas, destaca. A modo de ejemplo, nos acercamos a una de esas fincas, en El Pollo, que había quedado sepultada por la colada norte.

«Esa finca escapó, pero esta no y se hizo todo nuevo», señala entre dos invernaderos de plataneras apenas separados por una estrecha pista de acceso donde detiene el vehículo y nos bajamos, una es original, la otra recuperada al volcán y sembrada hace dos años. «Las plantas empiezan a crecer desde que se siembran y al año echan la piña», explica mirando ambas fincas, igual de frondosas con sus plataneras en plena producción.
Con tierra de cumbre
Aquí dentro nada recuerda que debajo hay una colada de lava. La finca, georreferenciada para identificar su parcela original, ha sido sorribada y plantada con matas pequeñitas que ya tienen hijas y nietas.
«La palabra sorriba es hacer una finca encima de un malpaís. Se trae una pala mecánica, se aplana, se pica para que no haya pedrera debajo (que es risco vivo) y para que el suelo drene (si el agua se encharca, los plátanos no se dan). Y se le ponen unos 70-80 centímetros de tierra fértil», detalla el proceso. «La arena del volcán no es buena. Tiene que ser tierra fértil de cumbre», insiste. Por cierto, sorribar una finca de una fanega y media puede costar unos 160.000 euros.
Reconstruida la finca, lo que viene después es la labor cotidiana, que no es poca. «El plátano lleva mucho trabajo, mucha agua. Hay que venir y esta mata, por ejemplo —señala Hernán entre el crujir de la materia vegetal seca que va pisando, mientras se adentra en el invernadero—, hay que meterle un podona y desahogarla, cortarle esta hoja que está estorbando porque, si no, roza al plátano; hay que amarrarla con una soga de arriba, de la amarradera y la que no se amarra hay que ponerle un estacón. Si cualquier mata de estas no se amarra del techo, o se le pone un estacón, con el peso de la piña se arranca».
Otras muchas fincas están todavía en una fase inicial de recuperación, haciendo paredes y allanando con tractores para sorribar después, trayendo la tierra de El Paso. Lo último que se le pone son las conducciones para el riego.

Al empaquetado
Con las fincas en producción ya en plena zafra, lo siguiente que toca es cortar las piñas, envolverlas en una manta y cargar al hombro sus 38 o más kilos de plátanos y tallo. Con mucho cuidado se ponen de pie en camiones pequeños, para que puedan moverse entre las estrechas pistas de las fincas, y al empaquetado.

Aquí empieza otro ciclo, muy minucioso y mecanizado, pero también operado por un amplio contingente de hombre y mujeres. Y siempre, tanto en la finca, como en el transporte y en el propio empaquetado, evitando a toda costa que tengan golpes o roces… «Cualquier golpito en verde no siempre se ve, pero cuando madura sí», advierte Hernán, con quien nos adentramos por el empaquetado durante la visita que realizó PELLAGOFIO con el chef José Alberto Díaz (restaurante El Sitio, Tazacorte) para nuestra serie «La Despensa del Chef».
Sobre la eterna pregunta de si el plátano está bien pagado, responde que no. Y añade: «Tengo 58 años. Soy de Tazacorte. Vivía en una casita y teníamos plátanos. Y yo le oía decir a mi abuelo que el plátano estaba mal, que esto iba a durar poco. Y de eso hace ya 50 años», sonríe

