Perdices, erizos, pájaros y ardillas se las ingenian para comer uva
Viticultura majorera / Puertas, paredes y techos al campo

Fuerteventura es poco conocida por sus vinos, al menos hasta hace pocos años cuando han despuntado con sus uvas y sus elaboraciones. Su producción es pequeña y entre sus viticultores más veteranos está Andrés Chocho, que en su finca en La Ampuyenta desarrolla múltiples estrategias para proteger el preciado fruto. [En PELLAGOFIO nº154 (2ª época, octubre 2026)].
«Los erizos de mi finca han aprendido a hacer zumo de uvas, mordiendo y chupando las bolsas de tela de los racimos»

Por YURI MILLARES
EHasta su jubilación, una carpintería de aluminio ha sido el medio de vida de Andrés Chocho García durante la mayor parte de su vida laboral. El trabajo en el campo, su gran pasión, no es que llegara después como entretenimiento, la lleva practicando toda su vida. Primero, como hijo y nieto de medianeros, después por su cuenta en terrenos heredados. «Vivir sólo de la agricultura en Fuerteventura es prácticamente imposible. Siempre nos dijeron los viejos (y ahora lo digo yo que ya llegué a viejo): “Estudien si no quieren coger el pico y la pala”. Cuando nos dicen las cosas de pequeñitos, aunque no hagamos caso, se nos queda muy bien grabadas».
Veterano agricultor, por tanto, es uno de los pioneros en el resurgimiento de la viticultura majorera desde la asociación Majuelo, que agrupa a la mayoría de ellos, unos 200 socios. «Quedamos tres o cuatro mayores como Juan [Guerra] y alguno más, pero la gran mayoría son más jóvenes. Son gente que se ha ido incorporando porque han heredado un terreno de sus antepasados, porque les ha picado ese gusanillo de la viticultura y están ahí enrolados en el tema», dice, animado por el empuje que va cogiendo el sector en la isla pese a las dificultades.
Con bodega propia, El Cabezo, y hasta vinos galardonados a nivel insular (varias veces primer premio en tintos en la Cata de Quesos y Vinos “Don Andrés Valerón”), asegura que «ni pasarme por la cabeza lo de hacer el vino, todo ha ido siendo por accidente». Y lo explica: «Yo planté por tener parras y comer uva, que me gustaba. Planté la breval, que tengo cantidad, la listán negro y más tarde la listán prieto. Y llegó un momento que cogí 80 kilos de uva. Y digo: hombre, esto aunque lo reparta entre la familia es mucho. Y pregunté: oye, ¿cómo se hace el vino? “Pues así, así, así”. Pues voy a hacerlo. Las escaché y las puse a fermentar el 2005».

Al perro, ni caso
Todo eso lo practica ya, incluso lo de techar sus gavias para proteger los racimos, con desigual resultado, pero muchas ideas y sorprendentes respuestas (y aprendizajes) de la fauna silvestre. «Hoy en día hay muchos inventos para los pájaros: que si un cañón que dispara gas de vez en cuando, el sonido de una detonación o la grabación de sonidos de aves… Yo soy cazador y he probado a poner un perro en medio del viñedo. Las perdices han aprendido hasta dónde llega la cadena del perro y dos o tres metros más allá van a comerse las uvas. Los conejos saben cuándo el perro está durmiendo y cuándo está levantado».
Sí ha encontrado la forma de asustar a las ardillas: «Cuando empieza a madurar la fruta, empiezan a entrar, pero poniendo un comedero para gatos, la ardilla se manda a mudar. Para el resto, conejo, perdices, pájaros, cuervos, hoy por hoy no tenemos remedio». Lo que no quiere decir que se rinda, aunque el enemigo sigue aprendiendo. «Yo, que estoy casi todo el día en la finca, pues hago de espantapájaros. Sin embargo, el cuervo, la tórtola o, algo menos, la perdiz, se ahuyentan de mí, pero no se ahuyentan si voy en coche».
El cuanto a pájaros, «el que más daño me hace es el linacero o millero. Suelen venir cinco o seis (a veces aparecen veinte) a partir de mediados de junio cuando la uva empieza a pintar. Se posa en el suelo, entra por cualquier punto del parral y pica uva por uva. Las de la parte alta empiezan a escurrir y se pudren todas».
¡Ay esos erizos!
Al principio montaba unos túneles en cada fila de parras con varillas de hierro, alambre y una malla fina y ligera, que rodeaba de socos. Pero los zarcillos de la parra se enredan en la malla y pueden hacer pequeños agujeros. «Como la malla es tan fina casi no los vemos si no miramos detenidamente, pero el erizo que se pasa la noche dando vueltas alrededor de la malla los va a encontrar, mete la cabeza y con los dientes termina entrando».
También ha puesto bolsas de papel y de tela, racimo a racimo. Al estar abiertas por debajo son los erizos, otra vez, los que se sirven a gusto. «Entre las patas traseras y las delanteras un erizo adulto se estira 40 centímetros para coger el grano: es parecido o peor que lo que hace el pájaro, porque araña las uvas que no se come, empiezan a escurrir y les entra la podredumbre».
«A lo mejor estoy exagerando —añade con ironía resignada—, pero los erizos en mi finca han aprendido a hacer zumo de uvas. Muerden la tela de la bolsa que está cerca del suelo, van mordiendo, mordiendo, mordiendo y chupan lo que empieza a escurrir».
Soco y techo
Para enfrentarse a todo eso decidió concentrar las parras tintas y blancas en dos gavias, injertando unas y otras de modo que la blanca estuviera en una gavia y la tinta, en la otra. «Les pongo un soco* en condiciones y les pongo un techo, pero no de cortaviento porque la parra necesita bastante ventilación o se enferma con más facilidad».
La pasión por el campo, mejor que el gimnasio
De los cerca de 200 viticultores asociados en Fuerteventura hay 30 que, como Andrés Chocho, hacen vino. «Que pertenezcan a la denominación de origen creo que hay cinco o seis —detalla—. Los demás estamos haciendo vino para la casa, para algún amigo, para el vecino, para los gastos de guerra como digo yo». La mayoría de los que comparten esta pasión por la viticultura en la isla, dice, tienen «un cultivo medio decente porque tienen otras entradas y en vez de irse de vacaciones en un crucero o a un hotel, vienen al campo y de paso se ahorran el gimnasio».
En su caso, detalla que sus raíces son de familias de agricultores de Lajares por parte de padre, de Lanzarote por parte de madre. «Desde que empecé a andar ya me iba con mis hermanos mayores a cuidar las cabras; también había alguna vaca, dos o tres burros y un camello, que es con lo que se labraba la tierra en ese tiempo». Sin embargo, reconoce que «tuve la suerte de que se urbanizó la finca en Puerto del Rosario donde estaban de medianeros* mi abuela y mi padre, y yo ya no me tuve que dedicar. Porque entre mis hermanos era de los aspirantes a seguir con la finca, al ser una cosa que me gustaba. No sé si me fui de allí con nueve años o con diez».
En efecto, desde que aprendió a caminar recuerda que «estaba al rabo de mi madre copiando lo que hacía, que tenía cuatro flores y cuatro hierbajos para hacer una taza de agua cuando alguien estaba malo. Si ella tenía un jardín con cuatro plantas, yo hacía uno al lado. De ahí me viene esa afición a la agricultura». Carpintero de profesión y casado en La Ampuyenta, «mi mujer heredó unos terrenos y, como me gustaba, empecé a plantar de la forma tradicional, aprovechando las gavias* para cereales o legumbres y en las orillas plantando parras».
| *VOCABULARIO gavia. En Fuerteventura, «terreno de cultivo, cercado con caballones, que se riega mediante inundación con agua de lluvia. Suelen hacerse en serie escalonada para aprovechar mejor el agua» (Diccionario histórico del español de Canarias). medianero. «El que labra y cultiva a medias» (Ramón F. Castañeyra, Memoria sobre las costumbres de Fuerteventura…, citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias). soco. «Abrigo, refugio, lugar a propósito para resguardarse del viento o de la lluvia» (Agustín Millares Cubas, Cómo hablan los canarios) ● |

