Miguel Pérez Carballo, hollador de caminos de Tenerife y escritor
«Es urgente y necesario que el Parlamento canario aborde nuestra toponimia íntima de barrancos, cuevas, piedras»

«Canarias merece tener una toponimia oficial que ahora mismo no existe», dice Miguel Pérez Carballo al explicar su periplo vital e investigador por caminos, cañadas y barrancos de la isla de Tenerife, rescatando del testimonio oral de cientos de informantes miles de topónimos que habrían quedado olvidados para siempre. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº150 (2ª época, mayo 2026)].
«La Cañada lagunera es un caso único en el mundo de una cañada circular no funcional»MIGUEL PÉREZ CARBALLO

Por YURI MILLARES
Nacido en Adeje en 1945, con apenas tres años ya se había ido a vivir a La Orotava pero el sur de Tenerife y sus abuelos marcaron la brújula por donde se iba a orientar su vida desde la costa al interior, con un intermedio de «treinta años de mili», bromea. El resultado, un gran conocimiento de los caminos y topónimos de una isla que no ha dejado de recorrer todo este tiempo y se ha plasmado en multitud de libros.
| ■ OJO DE PEZ / La toponimia, ese patrimonio inmenso La cita tuvo lugar en un emblemático elemento del patrimonio arquitectónico de Tacoronte como es su convento agustino del siglo XVII que, tras la desamortización de 1836, fue expropiado y destinado a usos públicos. Pero el patrimonio del que íbamos a hablar era el de la toponimia de Tenerife, un patrimonio inmenso —miles de nombres que ha rescatado en una labor paciente— del que no deja de reivindicar que Parlamento y Gobierno canarios se ocupen para su preservación ● |

—Yo todos los veranos, desde pequeño y ya mayorcito, me iba con mis abuelos cerca de la Caleta de Adeje, a San Sebastián, a la Enramada. Me dedicaba a la pesca con mis abuelos. Y tenía un hermano de mi abuela que pescaba con pandorga y mirafondo: el tenía la pandorga y yo el mirafondo. También hacía pesca submarina desde pequeño y luego con mis hijos. Hasta que un día cerca del Poris de Abona me doy cuenta de que no había peces, sino plásticos. ¿Qué hago yo aquí? Curiosamente, yo de pequeño me sentaba con mis abuelos a mirar las montañas, nunca nos sentábamos mirando al mar… Fíjate que el canario no se sienta mirando al mar, sobre todo por las tardes en el oeste de la isla, como es Adeje, porque te molesta el brillo: nos sentábamos siempre mirando a la montaña. Entonces mi abuelo y el tío abuelo contaban cosas de la montaña. Llegó un momento que dije: ahora a caminar.
—Pero saliste muy joven fuera a estudiar a Barcelona, con 17 años, ¿no?
—No. A ver, tengo un pasado muy diferente a lo que estoy haciendo ahora. Radicalmente diferente. Fui militar. Salí por primera vez de la isla con 17 años en un barco que tardaba cinco días en llegar a Barcelona. Estuve tres años en Zaragoza en la Academia General y en la Academia de Intendencia. Después estuve tres años en Jerez de la Frontera y luego ya me vine para acá y estuve todo el tiempo aquí. En total estuve 30 años en la mili, una mili larga —ríe—. Al llegar aquí, cuando pude, hice Bellas Artes. Una cosa totalmente opuesta.
—¿Te llamaba esa carrera?
—Siempre, toda la vida. Pero justo terminé Bellas Artes y nunca más pinté. Porque veía que lo que yo hacía lo hacían millones de personas. Te vas a ver a un copista en el Prado y dices: ¡Dios mío, si lo hace mejor que Velázquez! Yo no soy capaz de hacer eso, pues fuera. Y lo dejé. Y me metí a caminar. Primero empecé con el Grupo Montañero de Tenerife, donde estaban dos veteranos que eran Manolo Rosales y Edmundo Herrero. Yo salía con ellos y llegábamos a un punto y empezaban a discutir. «No, que es por aquí; no, que es por allí». Pero coño, digo, ¿cuántos años llevan en esto? «Treinta años». ¿Y todavía así?
—¿Y entonces?
«Rescaté casi 30.000 topónimos de Tenerife de 3.000 que tenía la cartografía militar, normalmente mal ubicados o mal escritos»
— Yo soy un matado en orientación. Entonces empecé a tomar notas, «cuando llegas a tal sitio, a la izquierda» y apuntaba altitudes con un altímetro (no existía el GPS). Y un buen día alguien me dijo (yo me dedicaba a caminar Anaga porque vivía en Santa Cruz): «Oye, haz una guía de Anaga». El Ayuntamiento de Santa Cruz me la publicó. Y luego hice las de Teno y de La Orotava. Las guías en realidad no me gustan, lo interesante para mí son los inventarios de caminos y, sobre todo, la toponimia. En Canarias todavía no se han planteado que haya una toponimia oficial, pero entre 2000 y 2005 rescaté con un equipo casi 30.000 topónimos de la isla de Tenerife, de 3.000 que tenía la cartografía militar, normalmente mal ubicados o mal escritos. Actualmente sería imposible. Casi todas las personas han muerto y ninguno de sus hijos conocen…
—Te refieres a los informantes, personas mayores residentes por donde pasabas, «sabios de la tierra».
—Claro. Por ejemplo, en el barranco de Anosma me acuerdo de que estaba Gonzalo en el margen izquierdo superior; enfrente había otro y más abajo, en la costa, otro. Al menos tres sabios. Ninguno de los tres existe ya y nadie conoce eso. Una vez con Gonzalo me da todos los nombres de las piedras del lugar, nombres pequeñitos, para mí lo más interesante (aunque a veces no los podía anotar, porque los que no ubicaba bien no los ponía). Un día le digo: bueno, ahora vamos a ver el lado de enfrente del barranco. Y me dice: «Don Miguel, yo allí no he ido nunca». ¿Has vivido toda tu vida aquí y no has ido ahí a 500 metros? «No, ¿qué se me ha perdido a mí ahí?». Tú sabes que las cabras es una dependencia tremenda y él tenía su zona perfectamente delimitada.
—Un precioso legado haber llegado a tiempo, no siempre ocurre.
—Si estoy orgulloso de algo es que he copiado lo mejor que he podido ese legado. Un legado que ya es imposible hacer. Tengo un glosario y estoy pendiente de publicarlo, al menos de Tenerife, porque cada nombre es una enciclopedia, tiene un motivo. No es como las calles, que a veces les ponen nombres ajenos. El topónimo tradicional siempre tiene una relación con algo o con el terreno. Es un lenguaje del territorio.
«El gran reto es intentar acercarse al máximo al idioma guanche. Tenemos cuatro palabritas que han recogido algunos escritores y viajeros y la toponimia»
—Topónimos que es donde más se conserva el habla de los aborígenes.
—Con el tiempo se valorará más los nombres que puedan tener alguna arquitectura aborigen, guanche. Porque yo pienso que el gran reto es intentar acercarse al máximo al idioma guanche. ¿Qué es lo que tenemos? Cuatro palabritas que han recogido algunos escritores y viajeros y la toponimia, no hay más. En la toponimia, por comparación, ves el significado por la morfología del terreno. Por ejemplo, Achacay. A lo mejor hay cinco o seis Achacay y los cinco o seis coinciden que es una cascada, o sea, un corte en el fondo de un barranco donde hay un salto, un caidero o un risco cáido; y debajo, donde cae, hay un charco, una poza como diría un castellano. Pues todos los Achacay están en el sur y hay uno en el norte, en Punta del Hidalgo, y coinciden que tienen esa forma. Luego ya la palabra Achacay es una cascadita.
—Pasar de 3.000 a 30.000 topónimos son unos cuantos…
«De trescientos y pico barrancos que hay en la Isla, puse nombre a 9.000 tramos»
—Pues no solamente hice eso para Grafcan. En 2011-2012 rescaté para el Consejo Insular de Aguas los nombres de los tramos de barrancos. Los barrancos en la isla son trescientos y pico, si tú empiezas a contar ahora los ramales… yo puse nombre a 9.000 tramos de barranco. Una de las cosas más complicadas, porque los barrancos tienen muchos nombres, sobre todos los grandes. Había que escoger y cuando no era posible porque había dos que tenían mucha fuerza, pues entonces se ponían los dos. Fue muy interesante y siempre sobre un mapa mudo, para que no haya nada que me condicione. Yo parto de los nombres que se han mantenido tradicionalmente en cada lugar.
—Siempre preguntando a los vecinos del lugar.
—Es la base principal del rescate. Por ejemplo, a Los Rodeos se le llama así de un siglo para acá. ¿Qué ocurre? En nuestra habla (esa es otra cosa interesantísima), el plural de un conjunto del mismo nombre lo seguimos llamando en singular. Porque era El Rodeo y estaba el Rodeo de Arriba, el Rodeo de Abajo, el Rodeo de la Paja y algún otro Rodeo más. Cuando viene alguien leído e instruido, dice, «ah, si hay tres Rodeo, es Los Rodeos». Pues no, el nombre es El Rodeo. Lo mismo que El Carrizal, no son Los Carrizales como se suele ver escrito.
—En los mapas de las Islas, los cartógrafos y topógrafos militares de la Península escuchaban a un nativo isleño decir un nombre y lo interpretaban según su habla y cultura. Hay muchos nombres disparatados en esos mapas. Tú vas con el mapa limpio y lo vas completando.
—La cartografía y el catastro son fuentes, pero no los ponía encima de mi mapa. Por ejemplo, yo vivo al lado de la Vereda del Medio, en Tacoronte; curiosamente, en el catastro ponía la Vereda del Miedo. Yendo hacia las Teresitas los militares pusieron en el mapa El Licencial, pero cuando yo voy con José Tenique, el sabio de esa zona, aquello estaba lleno de inciensos y lo llama El Inciensal, claro. Pero a un teniente de Toledo no se le ocurre que están hablando de inciensal.
“Y así está todo con muchas cosas cambiadas. Por supuesto, no tenían en cuenta para nada lo nuestro, porque era una cosa relativamente urgente, después de la Segunda Guerra Mundial, y lo importante eran los caminos, las fuentes y los sitios donde podía quedarse la tropa. Y poco más. Esos mapas, por ejemplo el 1:25.000, son de una precisión brutal. Parece imposible que sin GPS se hicieran las curvas de nivel con tanta calidad…
«Tener una toponimia oficial es algo que las comunidades autónomas bilingües tienen clarísimo, es lo primero que han hecho»
—¿No se han corregido los mapas actuales?
—No se ha hecho. Una de las cosas más urgentes, y yo lo llevo pidiendo hace tiempo, incluso al Parlamento, es tener una toponimia oficial. Es algo que las comunidades autónomas bilingües tienen clarísimo, es lo primero que han hecho. Y nosotros, con el «español hablado en Canarias», creo que merecemos tener una toponimia oficial, que ahora mismo no existe. Sí existe la toponimia oficial española, con las grandes ciudades y el nombre de las islas, porque el Instituto Geográfico Nacional esas cosas sí las tiene. Pero fuera de eso, los nombres pequeñitos, esos nombres casi familiares, íntimos, no están. Nombres pequeños de barrancos, de cada hondura, cada cueva, cada piedra. Lo vuelvo a decir: es urgente y necesario lograr que el Parlamento aborde, con la Academia Canaria de la Lengua o quien sea, unificar los criterios de la toponimia.
—¿En qué estás ahora?
—Desde 2012 estoy metido en un solo lugar: los alrededores de La Laguna. Tengo ya el texto terminado para una publicación, que a lo mejor son cuatro tomitos pequeños que tratan de la comarca de La Laguna, que yo llamo Lagunia.
«Los argumentos para declarar La Laguna patrimonio mundial olvidan totalmente el entorno»
“La villa de San Cristóbal de la Laguna es en este momento Patrimonio de la Humanidad, pero los argumentos que tuvieron en cuenta para declararla patrimonio mundial olvidan totalmente el entorno, cuando es el entorno el que hace que esté ahí: por el agua. Tienes una laguna, tienes un arroyo que mueve molino, tienes un viento que mueve molino, tienes canteras grandes para hacer las casas, tienes un alisio perfecto en la delineación de las calles porque el planteamiento urbano tiene mucho que ver con el viento y con el agua y para evitar riadas se abren abanicos. En contra de lo que dice la declaración de patrimonio mundial, no es un damero, ni hay calles rectas o calle ortogonales. Basta ver el plano de Torriani: es un abanico, es como un delta que se va abriendo y evita las rectas.
“Y hay otra cosa fantástica… ¿Estoy hablando demasiado?
—No, yo estoy encantado escuchando.
—No puede ser una coincidencia que la mayor parte de tramos de calle vayan dirigidas a las dos atalayas principales de la isla, que son la de San Roque y la de San Lázaro. Y ahora viene otra cosa todavía más extraña: yo había oído a hablar de la Cañada de La Laguna, sabía de tramos, pero ningún informante me habló de una unidad de la Cañada. Yo la hice más o menos y la llamé Aguere.
“En las fuentes documentales más antiguas me encuentro con que la zonificación más importante que hay en la isla, a principios del XVI, es la dehesa de La Laguna. Son los mejores pastos de la isla, con diferencia, no solo en lo que se llamó la Vega Lagunera, sino en El Rodeo. Cuando vinieron los conquistadores hay dos animales que son necesarios para la nueva economía: el caballo para los señoritos y para la guerra (la isla se conquista, sobre todo, pensando en las razias de esclavos, oro y demás de África) y el buey (el toro capado, es decir, el tractor que rotura la tierra y arrastra corzas, troncos y carretas). Entonces destinan esa dehesa a sus bueyes y caballos y se prohíbe al ganado menor de los guanches.
«La Cañada lagunera, caso único en el mundo de cañada circular, no era para dar vueltas, se creó como perímetro de la dehesa de los conquistadores»
“Así se consiguen dos objetivos: fastidiar al guanche (propio del sincretismo y de la aculturación) y hacer que los privilegiados promuevan la nueva economía (logrando la cohesión social). Es el origen de la Cañada lagunera, caso único en el mundo, que yo sepa, de una cañada circular no funcional. Es decir, la función de esa cañada no era dar vueltas, pero sí se creó como un círculo porque era el perímetro de la dehesa.
“Era para cabras y ovejas, sobre todo ovejas que hasta los años 60 del siglo pasado seguían usando esa cañada porque en verano la Esperanza es muy seca. La cabra tú sabes que aguanta cualquier cosa, pero la oveja es más delicada. ¿Qué hacían? Iban a Anaga, que es como una pluma que se divide en ramales, y esos ramales suelen ser pequeñas mesetas en alto que tienen pastos de invierno. De hecho, en la toponimia hay una serie de nombres que recuerdan que ahí estuvieron, como Cabezo Los Ovejeros.
—Terminamos, un recuerdo dulce.
—Hay numerosas anécdotas en la escritura de los topónimos que me traen recuerdos. Por ejemplo, en lo alto del Roque Aguacada, sobre Punta del Hidalgo, existe un manantial que ha servido para relatos literarios y leyendas: la Fuente Encantada. Nuestra gente la llama Fuente Estancada porque se mantiene estancada en un charquito. Pero estoy obligado a copiar el nombre sin cambios a pesar de ser consciente, en este caso, de romper ese aire romántico.



